ALREDEDOR DE MI MISMO
San Andrés
LEOCADIO MACHADO
Muchos fueron los testimonios de amor y de respeto a los vinos de la tierra que almacené a lo largo de mi juventud. Me refiero a aquellos laguneros que, sin imaginárselo siquiera, habían ido creando una informal y entusiasta cofradía digna de figurar en el catálogo de las célebres cofradías vínicas del mundo.
Cuando asistí por primera vez a la fiesta del vino nuevo en Dijon, mientras se abrían las puertas de las bodegas del beaujolais y los hombres alzaban sus copas para brindar por la última cosecha mis pensamientos estaban con los hombres de mi isla que, por San Andrés, con el mismo apasionado amor francés, saboreaban y se alegraban de beber aquellos vinos, casi niños aún, celebrando jubilosamente su nacimiento. Eran vinos con un mismo apellido, optimistas y rebosantes de pequeñas agujas.
Los amigos del vino de nuestras viñas no iban a Dijon para beber de la nueva cosecha, sedientos de regustos ancestrales, pero iban en peregrinación solemne a Tegueste, a Tacoronte, a La Matanza de Acentejo, a Santa Úrsula, a La Victoria o a El Sauzal, a la búsqueda de aquellos mostos recién fermentados, casi vinos, antes de que se acabara su vida tan breve.
Esos hombres fueron los que mantuvieron la fama encendida de los vinos canarios, cuando estos estuvieron a punto de desaparecer. Ellos se convirtieron en inquisidores frente a la adulteración, a la zafia costumbre de mezclar a todo lo que no fuera honradamente autóctono. A ellos, por tanto, les debemos el respeto por ese vino nuestro, cuando los usos, las modas y el mercantilismo trataron de imponer gustos foráneos. Ellos en definitiva fueron los fieles y anónimos custodios de la verdad.
Recuerdo verlos en La Laguna a la hora de reunirse para partir en todas las direcciones, unos camino de Tacoronte por aquella antigua carretera en cuyos costados proliferaban los templos menores dedicados a Baco. Otros, atravesando la Vega y sobrepasando Las Canteras para seguir por el acusado declive que conducía a Tegueste, patria natural de unos caldos de finísimo aroma y de casi transparente color púrpura, y por último otros repartidos en busca de las humildes y míseras ventas enclavadas en las afueras de la propia ciudad, sabrosos y sorprendentes guachinches donde los vinos se disfrazaban de ostras en las que, cuando menos te lo esperabas, saltaba la sorpresa de una perla de incalculable valor. La noticia corría como la pólvora y aquel vino único se agotaba en un santiamén.
Había otros templos, ilustrados y adultos, casi catedrales con sus correspondientes deanes como era el caso de don Víctor Núñez, sombrerero de oficio y viticultor por devoción que, como Noé, plantó una viña, no en tierras del Nuevo Testamento, sino en el corazón de Geneto, y allí, en su amorosa bodega elaboró exquisitos vinos de negra moll o arcaicas malvasías, y así se fue convirtiendo en cofrade mayor de una de tantas cofradías vínicas que sin reconocimiento oficial, comenzaron a proliferar en mis tiempos mozos por todos los rincones de Aguere.
La noche de San Andrés, por los caminos del norte de la isla, dejando atrás La Laguna, surgía un penetrante olor a los vinos recién nacidos, producto de aquel sabio apareo entre las uvas de listán negra y su pariente la listán blanca, y que hacia de cicerone para llegar por el trayecto más corto a los lugares sagrados donde los caldos, todavía hirviendo, entonaban sus cantos con los poemas que alegraron algunas páginas de la Biblia:
“Y yo digo: subiré a la palmera/ tomaré sus racimos/ y serán tus pechos para mí/como racimos de uvas/ y tu aliento como manzanas./ Tu boca es un vino exquisito/ que corre suavemente hacia mi amor/ fluyendo entre mis labios y mis dientes./ Vamos amada mía/ salgamos a la campiña/ pasemos la noche en las aldeas/ y veremos si la vida echa sus brotes, si las flores se entreabren y florecen los granados./ Las curvas de tus caderas son anillos- obra de manos de artistas/ y tu ombligo una crátera redonda, donde no falta el vino.
Nosotros por San Andrés no disponíamos de esos versos tan sutiles de la Biblia, pero nos conformábamos con las coplas de nuestro folklore, las regocijadas isas parranderas, o las hondas y hermosas folías que reverberaban en el nocturno como estrellas de primera magnitud. Era también una buena manera de expresar la felicidad profunda que nos invadía en el primer encuentro con ese néctar que anualmente acudía a la cita en la onomástica de uno de los santos mas venerados por los canarios: el entrañable San Andrés.
|