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JUAN-JULIO FERNÁNDEZ
Con realismo y nostalgia

Hacia atrás... ¡como los cangrejos! No cabe decirlo porque con esta conmemoración de los treinta años de la muerte del General Franco y de los mismos de don Juan Carlos en la Jefatura del Estado, uno consecuencia del otro porque el "atado y bien atado" del primero marcaba el tiempo del segundo, se ha mirado hacia atrás para rememorar ambos acontecimientos, sino porque al Gobierno le viene muy bien caminar hacia el pasado y desviar la atención de los ciudadanos del presente, todavía no repuestos de los efectos del tsunami que significó la admisión a trámite del Estatuto de Cataluña, ola encrespada que no se hubiera levantado si no hubiese contado con el impulso de un Rodríguez Zapatero errático e imprevisible y que no actuó con la misma firmeza con que lo hizo cuando el Plan Ibarretxe llegó al Congreso.

La homologación con los cangrejos, evidentemente, no deriva de la rememoración de unos días que fueron decisivos para iniciar una andadura que nos ha permitido llegar a este aniversario, en el que sobresale nítidamente la figura de un Monarca del que algunos empezaron hablando como de Juan Carlos el Breve y al que otros ya quieren apellidar el Grande. Entre ambas calificaciones, el Rey y la Reina han optado por la sencillez y han elegido nuestra ciudad para, al margen de fastos cortesanos, reducir la conmemoración a un acto remitido a la música y en el que los protagonistas fueron Mozart y Brahms -con la Misa de la Coronación del primero y la sinfonía número uno del segundo, muy del gusto de la Reina-, enmarcadas ambas entre la solemnidad del himno nacional, que los recibió, y el intimismo del cumpleaños feliz, que los despidió y emocionó al Rey, por los prolongados y sonoros aplausos de los concurrentes al acto. Pero, quizás, en el contexto de lo que queremos comentar, lo más destacable sean las palabras de Su Majestad asegurando que no siente nostalgia del pasado, que sigue confiando en la sensatez y deseo de modernidad del pueblo español y que está dispuesto a seguir "dando guerra", para lo que cuenta -las encuestas no dejan de confirmarlo- con el apoyo de la gran mayoría de los españoles, incluidos los más viejos y los más jóvenes que, por razones que pueden ser distintas, no renuncian al republicanismo, pero se confiesan juancarlistas.

De los que, con responsabilidades políticas hoy mismo, miran o se aferran al pasado puede decirse que se han descolgado del presente o que se aventuran temerariamente por un futuro poco probable. Con un discurso lleno de descalificaciones mutuas, cuando no de insultos, los políticos de ahora, como alguien ha dicho, están sacando lo peor de sí mismos y, al tiempo, están elevando a los altares a quienes, también hace treinta años, supieron actuar con la altura de miras que el momento exigía y con una voluntad manifiesta de no apelar a la memoria para revivir un pasado reciente que había que enterrar, anteponiendo la reconciliación a cualquier tipo de revanchismo.

Con esa idea fuimos muchos los que, en segundo o tercer plano, participamos para aunar esfuerzos y dar entidad a las distintas ideologías que tenían que confrontarse en el Parlamento para construir una España para todos, con una monarquía parlamentaria que nos permitiera reorganizar pacíficamente la estructura del Estado e hiciera posible un reparto del poder entre el Gobierno y el Parlamento nacionales y las Comunidades autónomas.

En las dos primeras legislaturas -la que ejerciera como constituyente y la que funcionara como primera constitucional- hubo políticos y parlamentarios que destacaron por la defensa de sus posicionamientos, distintos y enfrentados muchas veces, de manera ejemplar y brillante. Para quienes, como el que escribe, vivimos aquellos años con distintos grados de participación y más en la base que bajo los focos, los nombres de Adolfo Suárez, de Torcuato Fernández Miranda, de Francisco Fernández Ordóñez, de Luis Gómez Llorente, de Enrique Tierno, de José Pedro Pérez-Llorca, de Miguel Rodríguez Herrero de Miñón, de Óscar Alzaga, de Joaquín Garrigues, de Felipe González, de Alfonso Guerra, de Miguel Roca, de Antonio Fontán, de Landelino Lavilla, de Pablo Castellano, de Santiago Carrillo y de tantos más, les siguen diciendo mucho. Ciñéndonos a los parlamentarios, ¿cuántos de los actuales pueden equipararse, objetivamente, a la altura de aquellos? Me parece, sinceramente, que no muchos.

Personalmente no me incluyo entre los nostálgicos ni entre los que piensan, con Jorge Manrique, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero creo que así como en aquellos momentos que, de una forma u otra, queremos rememorar había una sintonía clara entre el pueblo y sus representantes, en tanto que ahora los políticos van por un lado y la ciudadanía por otra. La anunciada campaña de Rodríguez Zapatero para intentar superar su descenso de popularidad en caída libre y tiempo récord es sintomática. Y ya que, según explica, quiere regenerar la vida política, no vendría mal que empezara barriendo su propia casa. Me refiero no sólo a la de su formación sino a las de todos. Afrontar con transparencia la financiación de los partidos, reformar la ley electoral para que la representación política se acomode a la estructuración ideológica y territorial del país, apostar por las listas abiertas que democraticen a los partidos que se dicen democráticos y distan de serlo y proponer la inelegibilidad de los cargos a una o, como máximo, dos legislaturas para evitar los "apoltronamientos" y sus secuelas, deberían ser cuestiones previas a reformas estatutarias y constitucionales, a la apertura de frentes ya superados o que exigen más consensos que enfrentamientos y a declaraciones utópicas que, sin duda, ayudarían a devolver a los electores la confianza perdida en los elegidos y en los que aspiren a ser elegibles.
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