Bush es un genio. En casa, siguiendo sus sabios consejos, hemos decidido combatir de antemano todo aquello que pueda amenazarnos en un futuro. Así, hemos iniciado, aun sin padecer el problema, una guerra preventiva contra las goteras, aplicando pintura asfáltica a un techo recién aislado y secando sin piedad toda gota de agua que ose traspasar el límite entre nuestro tranquilo hogar y la convulsa realidad exterior. Hemos prohibido abrir los grifos del baño y la cocina y si durante un día lluvioso nos tropezamos en la calle con un charco, arrojamos arena sobre él, pues ese líquido, en un futuro cercano, podría evaporarse y atacar nuestro tejado. Es duro y nos obliga a estar siempre alerta, pero nuestra libertad está en juego.
También hemos roto relaciones diplomáticas con las cucarachas. Ahora, nuestra casa ya no huele a potaje recién hecho ni a café calentito, sino a insecticida. Pero merece la pena. De vez en cuando recorremos los parques, bien atentos, buscándolas para escacharlas, pues un día podrán encontrarse ante nuestro portal, decididas a atacarnos en una pacífica tarde de domingo. Sin embargo, de vez en cuando perdonamos la vida a algunas y las encerramos en un tarro vacío de apio en vinagre, con el fin de interrogarlas en casa. Pero esta técnica, pese al éxito obtenido por el líder estadounidense, aún no nos ha dado resultado. Las cucarachas, fuertes y tozudas, se resisten a declarar.
Bush y nosotros no somos los únicos. En todas partes, en cualquier rincón del planeta, los defensores de la libertad han emprendido una cruzada contra la amenaza que está por llegar. Las señoras golpean de antemano al delincuente eventual que las podría atracar y al pagar la compra insultan a la cajera, aunque todavía los aguacates no les hayan salido malos. En los bares, la gente pide el libro de reclamaciones antes que la carta y los guardias de tráfico te multan sólo por circular.
En Santa Cruz, el Ayuntamiento trasladó ayer la exhibición de Ferrari a Adeje, por lo que pudiera pasar. La posibilidad de un sabotaje a cargo de los manifestantes contrarios al puerto de Granadilla lo hacía necesario. "¡Alerta!", gritó un concejal. Y a su mente vino la imagen de los ciclistas, en 1988, amontonados en la curva de Taco por culpa del Mpaiac. Algo que se hubiera evitado, de seguro, declarando a la chincheta ilegal. |