JOSE LUIS SÁNCHEZ PARODI
"Un follón alemán"
RECUERDOS DE UN JUEZ
Cuando estalló el alzamiento del 18 de julio de 1936, nunca pensamos los compañeros de mi curso de Bachillerato que fracasara y seguros estábamos de que triunfaría. Mas a medida que pasaban los días, nos mantenían optimistas las charlas del general Queipo de Llanos, que nos decía que a punto estaba Mola de conquistar Madrid, una más de las trolas optimistas que nos endilgaba cada noche.
Pero ya en agosto, con los obuses y bombas que sobre la ciudad de Cádiz descargaron el crucero ’Libertad’ y aviones procedentes de Málaga, nos hizo ver que aquello iba para largo. Máxime, cuando quizá a primeros de agosto pasó en correcta formación militar un grupo de paisanos cantando en su desfile una canción militar alemana, y vimos un barco germano atracado, que de lejos se observaba que traía aviones por ensamblar y armas. Alemania prestaba su ayuda al Alzamiento y comenzaba poco más tarde la influencia de ese país en la guerra.
Como en Cádiz la vida diaria se normalizó seguidamente -el orden, la disciplina, la organización, dígase lo que se diga-, en aquel primer invierno comenzamos a ver cine, que en uno de los tres locales que había en Cádiz era especialista en películas alemanas. Nosotros, al menos yo, no habíamos visto ninguna película de esa nacionalidad -"Cuatro de infantería" no sé si era alemana-, ni por nuestra edad habíamos presenciado el magnífico cine mudo de los años 20, con directores como Murnau, Pabst, Long y Lubitsch, entre otros, huidos a Estados Unidos, por la furia nazi contra los judíos, que desconocíamos, y acudimos, como espectadores aficionados, al cine que hacía la U.F.A.
Recuerdo como artistas femeninos a Marika Roch, Zara Leandro, Lida Baarova, Anny Ondra, Olga Tchekova. Y entre los varones, a Heinz Ruman, siempre de gracioso ’esaborío’, Hans Albert, Willy Frist, todos bajo la producción de la U.F.A. que exhibía películas, bajo el nacional-socialismo, procurando reflejar las costumbres alemanas. O faltaban guionistas, o no existían directores, pues la masiva huida de los judíos había dejado ese enorme vacío. Esto hizo que el cine fuera pesado, tostónico, aburrido, falto de agilidad y ritmo; tan es así, que pronto los gaditanos tradujeron la U.F.A. como siglas auténtica de una frase: "Un follón alemán".
Había una pareja que al menos -él era polaco y se llamaba Jan Kiepura, casado con Marta Eggert- hacía aceptables filmes de cantos, como correspondían a su especialidad. Cuando, muchísimos años después, vi, ya mayor, ’El acorazado Potemkin’, de Eisenstein, observé una enorme diferencia con una película alemana que, anticipadora o emuladora, llevaba el título de ’El acorazado Sebastopol’.
Pero, recuerdo la excepción de toda esta deplorable época cinematográfica: una película en dos partes, creo, protagonizada por una artista que se llamaba La Fana, una especie de bailarina oriental, de espléndida figura, acaso con algunos ritos eróticos, sobre la que no he leído comentario alguno. Por aquel tiempo se decía que había fallecido de una enfermedad incurable.
Al terminar la guerra mundial -en cuyo espacio se sustituyeron los documentales ’Noticiario Fox’ por el NO-DO, que se exhibían antes de las películas- saltaron rumores de que la bella Olga Tchekova, que descendía del ruso Tchecov, había sido amiga de Hitler y que la habían fusilado, mas no fue cierto. Claro está que sí lo fue que Goebbels, el del pie zopo y genial propagandista, tenía una corte femenina muy nutrida.
De toda la producción alemana sólo vi un prodigio de cine llamado ’Olimpiada 1936’. Nunca las Olimpiadas han tenido tan poderosa recreación cinematográfica, como aquella Leni Riefenstahl, de quien se dijo que fue amante de aquel cabo bohemio que sumió en el horror a aquel gran país del que escribo.
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