En ocasiones se habla de asuntos de una manera un tanto vaga y tal vez sin que, incluso, se perciba su realidad en la auténtica dimensión, como sucede con el caso del constante incremento de la población del Archipiélago, que numerosas veces ha sido un tema de debate pero tal vez desde la perspectiva de las impresiones -el 'yo creo que...'- y no de las certeza de los números.
Esos guarismos se han puesto sobre la mesa ahora con toda su fuerza y dicen que la densidad de población en Canarias, con 257,2 habitantes por kilómetro cuadrado, triplica la estatal, de 85,4 personas, y duplica la de la Unión Europea, cifrada en 116, según los datos de 2004 del informe anual del Consejo Económico y Social de Canarias de 2005.
Son cifras muy importantes, porque aún necesitan de algunas otras precisiones para percibir adecuadamente la relevancia del fenómeno poblacional. Y es que en ese territorio canario que se maneja en la estadística, hay que tener en cuenta la existencia de grandes áreas, como los espacios naturales o las zonas semidesérticas de algunas Islas, que están mínimamente habitadas, pero que contribuyen a 'aliviar' unos datos. Pero a efectos prácticos la concentración poblacional es aún mayor que esos 257 habitantes por kilómetro cuadrado.
De estos números se desprende que aunque se tenga la sensación de seguir atados de alguna manera a una sociedad rural, en realidad algunas Islas, especialmente las mayores, se han convertido en territorios fundamentalmente urbanos.
Y ese es un aspecto destacado porque los problemas son distintos y también las soluciones, así como las ópticas sociales que se aplican al territorio. ¿Podemos seguir, por ejemplo, considerando adecuado el modelo de vivienda unifamiliar -el chalet o la casita, digamos-, propio de grandes espacios y poca población o hay que considerar que estamos abocados a la construcción en altura -esos pisos, que gustan bastante menos- que tienen menor repercusión en el territorio y concentran los servicios, en lugar de dispersarlos ocupando más suelo?
Es probable que incluso los aspectos de ordenación del futuro deban comenzar a establecerse teniendo en cuenta de forma prioritaria el condicionante población-territorio como uno de los elementos fundamentales de planificación. Si somos, en cierta manera, una sociedad urbana y con creciente tendencia a la actividad urbanita, ¿no son otros los modelos económicos en que debemos fijarnos, en lugar de basarnos tanto en el turismo como ya no principal, sino casi único objetivo, cuando la actividad inmobiliaria relacionada con el mismo es uno de los elementos que precisamente más incide en el crecimiento de población y uso del territorio?
Son estos aspectos meramente como apuntes para un debate seguro que con distintos puntos de vista, pero los números dan para muchas más reflexiones y hasta para que los mismos sean protagonistas de seminarios y discusiones, no en torno a la prohibición de residencia -solucion ’a lo bisturí’ en la que parecen centrar los políticos simplistas todo el asunto-, sino en el análisis riguroso y capaz de la situación, sus posibilidades y las medidas para darle un cauce lógico y eficaz al futuro que viene, ante la certeza de que si sólo nos limitamos a proponer levantar muros, más tarde o más temprano no habrá servido para nada. La tozuda realidad se los salta. |