CARLOS E. RODRÍGUEZ
Crispación, política y economía
EL OBSERVADOR IMPERTINENTE
Es verdad que la Caixa ha condonado una buena pila de millones de euros al PSC, pero otras entidades financieras han hecho lo mismo con el PP y algunas Cajas han sido igualmente comprensivas con partidos locales de corte más o menos nacionalista. Éste fue el argumento, incuestionablemente veraz, al que se agarró el andaluz José Montilla, ministro de Industria y hombre fuerte del socialismo catalán. Vamos, el socorrido "y tu más" de una clase política a cuyas puertas, como ante el infierno de Dante, algunos dicen que sólo nos queda dejar toda esperanza. Las sesiones de control parlamentario al Gobierno producen, cada miércoles, honda desazón, desde que el ruido, los insultos y las frases para la propaganda han sustituido el espacio de la polémica y el debate.
No está fina la oposición, crecida por los datos de las encuestas. A nadie sensato se le ocurriría poner a Eduardo Zaplana en primera línea de ataque contra la dudosa moral pública de Montilla, y mucho menos que Ángel Acebes esgrima cuestiones relacionados con ETA, que es digno de verse el brillo irónico de los ojos del titular de Interior cada vez que Acebes toma la palabra en el hemiciclo, eso sí, con el innegable mérito de la brevedad. Ninguno de los dos son hombres de palabra fácil, pero al menos el ministro Alonso consigue completar la sintaxis de las frases, en tanto Acebes deja siempre un entorno de gestos concentrados en el intento de reconstruir frases que permitan deducir el objeto de su pregunta.
Decían los clásicos del cine que la expresión corporal es aún más importante y significativa que el discurso. El ministro Montilla parece siempre agazapado y furtivo en su escaño del banco azul. En la tribuna de Prensa, un compañero me susurra una apreciación muy expresiva: "¿Te has fijado que tiene un aire y desde luego la mirada y el gesto de Dick Cheney?". Recibo el comentario como una revelación. Cierto. Montilla se expresa como el hombre que esconde algo, a saber qué, y que se siente, en términos de listeza y gestión de realidades, muy por encima de su jefe político, al que sin embargo sabe que necesita. Su jefe político no es Maragall, por supuesto. Entorna los párpados y la mirada brilla y corta con inquietantes reflejos.
Desdichadamente, parece que las encuestas han terminado con las dudas de Mariano Rajoy. Demuestran, por muchos que sean los errores del Gobierno en el modo y las formas de plantear temas sensibles, que el mecanismo de la crispación funciona. Siempre ha funcionado bien en España y lo usan tanto izquierdas como derechas, aunque alcanzó cotas excepcionales durante el acoso y derribo a González, avanzada la década de los noventa.
Además, Rajoy, o el sociólogo que le asesore, creen haber descubierto la flaqueza psicológica de Rodríguez Zapatero en una visible necesidad de ser valorado, con la dificultad de que esto suceda en un país poco proclive a ello y en un partido que tienen todavía demasiado reciente la imagen de liderazgo de Felipe González. Así que el PP hurga en la herida. En cada debate, en cada sesión de control parlamentario, cada vez que está cara a cara con Rodríguez Zapatero, la actitud de Rajoy respecto al presidente del Gobierno es el desprecio, la negación de valores intelectuales, morales y políticos.
Aunque muchos -en particular, los antiguos centristas que hicieron del consenso y la concordia una voluntad de reforma política- se sientan desasogados y lo digan por todas partes, y aunque sus pocos leales dentro de la cúpula del partido digan y repitan que su posición está alejada del núcleo de la derecha dura, Rajoy sabe que es orador y utiliza el gesto, sube a la tribuna, arrebata a los suyos e indigna a los contrarios. Los dirigentes del PSOE que, como el portavoz Pérez Rubalcaba, han invertido frases y argumentos en el intento de dejar a Rajoy un espacio propio, diferenciado de Aznar, han tirado la toalla, o al menos así lo dicen.
Enfrente, en la cabecera del banco azul, aunque las ideas que propone sean compartidas por la mayoría, Rodríguez Zapatero sufre, además de los sarcasmos de Rajoy, el agobio semanal de las encuestas, oficiales y privadas, que ahondan gota a gota la herida del deterioro y la pérdida de votos con la tenacidad de la gota malaya. Así como, en la advertencia evangélica, la fe sin obras está muerta, el "talante" pierde eficacia a medida que no se traduce en realidades. Así que es natural que Rodríguez Zapatero pierda "talante" a chorros y pase al contraataque personal y le lance a la cara que el sistema educativo funciona bien en España porque "no se ha resentido ni siquiera con ministros de Educación tan nulos como ustedes, que ocupó esa cartera quince meses y nadie se acuerda... ni usted mismo se acuerda". Error. En los bancos del PP, los cabecillas del modelo de crispación sonríen satisfechos por vez primera en semanas. "Ya le tenemos en nuestro terreno", seguro que piensan.
El paradigma es lo que sucede con el proyecto de reforma del Estatut de Catalunya. El presidente y la doctrina oficial del PSOE y de su grupo parlamentario es que se reformará en la Comisión Constitucional y habrá un buen texto, satisfactorio para los catalanes y dentro de los límites de la Constitución. El problema es que se multiplican los convencidos de lo contrario. En uno y otro bandos. Los nacionalistas catalanes piensan y dicen que Rodríguez Zapatero no podrá cumplir su promesa y se sienten defraudados. Los empresarios catalanes no ocultan su inquietud y alguno, muy relevante, dijo el martes, en cena con numeroso grupo de amigos, eso tan socorrido de "Virgencita de Lourdes, que me quede como estoy".
En el mismo corazón del PSOE, algunos dirigentes empiezan a murmurar y preguntarse si el Estatut vale el precio de frustrar la oportunidad de un largo período de gobierno de progreso en el conjunto de España. Otros, de nombres muy importantes, van más lejos y dicen que los compromisos con los nacionalistas suponen entregarse desnudos al abrazo del oso. En la oposición, el PP sí que ha descubierto Lourdes en el Estatut y en la reacción contra el Gobierno que sus contenidos de insolidaridad e intervencionismo han extendido por muchas otras Comunidades autónomas.
En ese ambiente crispado de nacionalismo insolidario y anticatalanismo rancio y tosco, río revuelto, ganancia de pescadores. No contentar a nadie puede acentuar las sombras del horizonte. Sólo faltaba a la confusión del guiso la salida a escena internacional de ETA, uniendo las causas vasca y catalana en el mismo cesto. Y es que no puede olvidarse a golpe de talante lo que tantas veces recuerda el periodista Miguel Ángel Aguilar, y que es la condición inexorable de la fuerza de la gravedad. El que haya en Madrid un Gobierno más permeable al diálogo con los nacionalismos es perturbador para ETA porque va contra su lógica interna y contra su conveniencia funcional, que es "cuanto peor, mejor".
El tema de la financiación de los partidos es recurrente, y nadie cree muy en serio que se vaya a solucionar, no por falta de fórmulas legales razonables, sino porque la fuerza de la actual clase política no reside en el entusiasmo o la adhesión de los ciudadanos, sino en un modelo de partidos clientelares, por tanto, de extensa y poderosa maquinaria, repleta de funcionarios retribuidos, y eso es inevitablemente más caro que lo razonable. Pero el PP ha encontrado en la generosidad política de la Caixa -por mucho que lo mismo pueda predicarse de casi todas las demás instituciones financieras, grandes, medianas e incluso pequeñas, pero la oportunidad es jugosa- un bocado sensible, y no va a aflojar la presa. Pronto volverán a circular por las redacciones los ominosos "dossieres" contra unos y otros.
La parte letal de la generosidad de bancos, cajas y grandes empresas es que, obviamente, nadie da nada gratis, y eso lo saben tirios y troyanos. Es la famosa "colusión de política y negocios" que siempre criticó ásperamente el ministro López Aguilar, y que también denunciaron algunos dirigentes centristas, a los que, por cierto, quizá les fue mal por ello. Cuando la política deja de concebirse como una gran oportunidad para hacer posible lo que es deseable, o para llevar a la sociedad los sueños de libertades, progreso y bienestar, es decir, cuando se aleja de los ensueños renacentistas y cae en el mundo gótico y barroco de un feudalismo de nuevo cuño, el poder se convierte en el mecanismo de entronización de una nueva clase.
Es entonces cuando lo de derechas e izquierdas empieza a perder sentido, y se ve como ilusos y visionarios a los que todavía creen en la contienda ideológica. "No es la ideología, tonto, es la propaganda". Al final, como aquel famoso desparpajo de campaña norteamericana, "es la economía, tonto". La frase vale y se admite porque está incompleta. Pronúnciese entera: "No son las ideas, es la economía, tonto". Así nos entendemos mejor.
Una tarde, muchos años atrás, en los tiempos triunfales de Mario Conde, un siempre honrado personaje y honesto político, Adolfo Suárez, se sorprendía de las ambiciones del banquero gallego: "Pero, Mario, con el poder que tú tienes ¿por qué vas a meterte en política?". Era cuando, a su llegada a cualquier acto público, Conde recibía más atención de los organizadores y de los medios de comunicación, que cualquier político, por relevante que fuese. Por eso, su respuesta al gran político de la transición tiene mucho para la reflexión: "Te equivocas, Adolfo. Yo sólo tengo dinero. El verdadero poder es el político". ¿No sería más exacto, como se ven las cosas, decir que el verdadero poder económico es el político? Vuelvo, como tantas veces en la vida, a la lectura de Tomás Moro. Es un ejercicio que recomiendo.
|