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El aliento de una tormenta tropical
Un aire cálido al caer la noche inundó el lunes las calles de la capital tinerfeña, La Laguna o los pueblos del norte y sur de la Isla. Como un lúgubre presagio, ese aliento se convirtió en la primera línea de miles de relatos en los que el temor fue un denominador común. El viento huracando, tras ese primer envite de la tormenta Delta, comenzó a colarse por cada rendija de cada hogar en forma de susurro. Ese rumor incierto atemorizó, sobre todo, a una ciudad como Santa Cruz, que tal y como muchos recordaron el lunes, vivió hace poco más tres años una tragedia a causa de otro raro fenómeno meteorológico. El miedo a que se repitiera una historia de muerte y destrucción fue durante varias horas el sentimiento que asaltó a muchos chicharreros.
Algunos pasaron la noche acurrucados en la oscuridad de sus hogares; a otros los cogió trabajando y transformaron su lugar de trabajo en refugio improvisado, e incluso hubo a quien le pilló de vuelta a casa en los coches, esquivando restos de una ciudad que parecía que se desplomaba bajo las ruedas de su vehículo. De nuevo, Santa Cruz sentía que el mundo se le venía encima, esta vez, por culpa de la fuerza de un viento que no entendió de obras del tranvía, ni de grandes edificios, ni de árboles centenarios, ni de jardines, ni de puertas de garajes, ni de grúas, ni de la cartelería, ni de las líneas de teléfono, ni del miedo de sus habitantes. La radio (la luz falló a los santacruceros) fue, de nuevo, ante la tragedia, el único escape. Muchos nos dimos cuenta, como si se tratara de un cruel recordatorio, de la fragilidad de esta tierra y de que los años mirando al limbo como si la naturaleza nos hubiese dado un indulto es tiempo perdido. Supimos, de nuevo, que siendo paraíso podemos vivir infiernos
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José David Santos Santa Cruz
Aunque los dos son de los llamados fenómenos meteorológicos adversos, por suerte, los vientos huracanados de la noche del lunes no resultan comparables con la tromba de agua que asoló a la capital tinerfeña el 31 de marzo de 2002. Sin embargo, para los chicharreros era ayer imposible hacer comparaciones, sobre todo, al recorrer las calles tras el amanecer.
En esta ocasión, y con la lección aprendida, la coordinación entre los diferentes servicios de emergencia no fue noticia porque funcionó. Aquel 31 de marzo la falta de comunicación entre las distintas administraciones provocó, entre otras cosas, que el alcalde se viera en la obligación de llamar al ejército, posibilidad que el propio Miguel Zerolo desechaba ayer pese a que se esperaba una noche movidita al estar la ciudad sin luz (al cierre de esta edición ya se tenían noticias de los primeros actos vandálicos). Por contra, los fallos en los sistemas de suministro eléctrico y en la telefonía se repitieron pese a que desde hace tres años se viene hablando de la mejora de las infraestructuras que sostienen estos servicios vitales.
Según el primer edil, Miguel Zerolo, "con la experiencia del 31 de marzo de 2002 se ha logrado establecer un sistema mucho más eficaz para atender cuanto antes a la población". No obstante, el alcalde era consciente ayer de que algunas cosas no se pueden prevenir, por lo que destacó el comportamiento ejemplar de los santacruceros que, en su mayoría, respetaron las recomendaciones expuestas por las distintas instituciones.
Aunque hubo comunicación con los barrios a través de emisoras de baja frecuencia proporcionadas por protección civil a las asociaciones de vecinos, fueron las emisoras de radio las que mantuvieron informada a la población. No obstante, sólo dos de ellas pudieron emitir, ya que los repetidores de, por ejemplo, el parque de Las Mesas, resultaron destrozados. Entre los hechos que dejan abiertos algunos interrogantes en cuanto a lo segura que es una ciudad está, por ejemplo, el desprendimiento de múltiples placas embellecedoras de la Torre 1 de Cabo Llanos. En otros puntos de la ciudad fueron los carteles, los balcones, las cristaleras o los escombros de las múltiples obras los que se convirtieron en el verdadero peligro de la tormenta Delta.
Ahora cabe preguntarse si en todos estos casos los santacruceros corren un riesgo innecesario, si las medidas de autoprotección llegan a todos de la misma manera y si es cierto que todos somos conscientes de que habitamos una ciudad que ya ha sufrido dos grandes, aunque pequeños en el triste ránking mundial, catástrofes naturales. Hay cosas que han mejorado, pero aún no lo suficiente. |