LA CONTRAPORTADA
Apagón
CARLOS PADILLA
Jamás llegaremos a final de mes. No basta con recoser los calcetines una y otra vez, ni con atrincherarse en el salón, ante el televisor, para evitar salir a la calle y gastar los pocos euros que sobran una vez hemos pagado el alquiler, la bombona y la factura del teléfono. En el mundo real, ese en el que las tarjetas de crédito no son más que una glamurosa deuda de plástico, respirar cuesta dinero.
Nos quedamos en casa, evitando arrancar el coche para ahorrar gasolina, e intentamos controlar el gasto eléctrico encendiendo sólo las bombillas precisas. A media luz, apretamos con una llave inglesa los grifos para que ni una gota de agua se pierda por el desagüe. Y pese a todo, a día diez, ya anhelamos desde nuestro austero y parco búnker la llegada de la nómina.
En nuestro refugio no se conoce el caviar, el foie o el salmón de Uga, sino sólo el atún en aceite de girasol. Los bocadillos no son de jamón de Guijuelo, sino de chóped, y entregados al calcáreo grifo de la cocina hemos olvidado ya el agua Evian. Nuestro embrutecido paladar rechazaría ahora el más leve sorbo de Jean Leon y nuestras muelas, por ese extraño respeto a lo desconocido, serían incapaces de triturar la carne de un acorazado y jugoso carabinero.
Mientras dudamos entre pasar las vacaciones en una caseta de campaña en la azotea o quedarnos todo el verano en el comedor jugando al monopoly, al mismo tiempo que amontonamos céntimos en la repisa para comprar mañana el pan sin que nos embarguen la casa, el apagón acontece. Nos quedamos de pronto sin lo último que nos quedaba, sin beber agua a gollete, directamente del chorro, y obligados a gastar en velas y garrafas lo que habíamos reservado para tomar dos cervezas algún día de descanso.
En ese preciso instante, en una esfera sobrenatural, la discusión se centra en la inhibición de la UE en la OPA a Endesa, la empresa que nos cobrará menos si resistimos la tentación de encender la lámpara de la mesilla de noche. Mientras ahorramos desesperados, las entidades de crédito perdonan a los partidos, amparadas en una ley de financiación política oscura y torticera, una deuda de millones de euros. Con nosotros, los otros, nadie es indulgente: Unelco jamás tolerará que le debamos diez euros, ni siquiera cuando, durante cuatro días, sólo nos ha alumbrado un cielo lleno de estrellas.
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