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El nacimiento de un volcán
El testimonio oral de los vecinos de Fuencaliente rememora la erupción del Teneguía, el 26 de octubre de 1971
El volcán de Teneguía, impresionante, en los primeros días de su erupción. La columna de humo y fuego, vista desde Los Canarios. / Archivo Díaz Lorenzo
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Juan Carlos Díaz Lorenzo (Cronista Oficial de Fuencaliente de La Palma)
Fuencaliente


El día que reventó el volcán estábamos vendimiando en Las Machuqueras, a unos cuatrocientos metros, más no era. Yo sentía un zumbido y mirada al cielo, pensaba en un avión, ¿pero tan alto va ese bicho que no se ve? Ya me parecía mucho ruido. Digo para mí: no, esto está cerca..." Así recuerda el agricultor Jesús Ramón Pestana Cabrera (1945), vecino de Fuencaliente, los primeros momentos de la erupción del volcán de Teneguía, ocurrida a primera hora de la tarde del 26 de octubre de 1971. Él fue, posiblemente, la primera persona en presenciar el singular acontecimiento y su memoria, tan precisa como exacta, constituye un documento oral de primera magnitud.

Desde hacía dos semanas se habían sucedido en La Palma y, especialmente en la zona sur de la isla, una serie de temblores de tierra que alertaron a la población de la inminencia de un nuevo volcán. La duda consistía en saber dónde se produciría. Se sabía, por la experiencia de anteriores erupciones y, especialmente, por el volcán de San Juan, en 1949, que ocurriría en el tramo de la denominada Cumbre Vieja. El pueblo de Fuencaliente se perfilaba, una vez más, como el posible escenario de los hechos. Y así ocurrió.

"Había terminado de vendimiar -prosigue el relato de Jesús Ramón Pestana- y dejé seretas y todo. En aquel momento estaba solo, cuando subo hacia arriba y me dio por mirar para abajo, miro al malpaís y veo una lengua de fuego reventando allí mismo, una hilera recta ardiente. ¡¡Entonces sí cogí miedo!! ¿no iba a coger miedo? Cogí miedo y partí a correr. Cogí por la Cuesta Cansada hacia fuera, que era por donde más derecho salía y no cogí vueltas ni nada. Digo para mí: ¡¡corre, corre para fuera, corre para Los Canarios¡¡".

"Primero pensé que era el volcán de San Antonio reventando otra vez, no pensé que fuera otro volcán. Subí rápido y donde primero llegué fue al borde del volcán de San Antonio para vigilar al otro desde arriba. Cuando llegué allí había más gente, como diez o doce personas. Los primeros bufidos que dio fueron a las tres en punto. Allí, donde reventó, había un ’golpe’ de higueras grande y esos se los zambulló en un momento. Las bocas chicas, las de aquí arriba, salieron donde estaban las higueras".

"Como a la hora llegó la Guardia Civil y empezó a atajar gente. Por cierto, que a uno de los primeros que mandaron fue a mí para que la gente no se metiera abajo, en el fuego. Cada rato que pasaba el fuego era más alto. Como a las tres horas eso levantaba cuarenta o cincuenta metros de altura y al oscurecer ya se veía desde el pueblo. Había días que levantaba del volcán de San Antonio para arriba más de 500 metros. A mí eso me impresionó mucho. Cuando era de noche cerrada y daba una explosión grande, podías leer una carta de la luz que daba. Y otra cosa que bajó rápido fue la lava líquida, en tres o cuatro horas llegó abajo. Caminaba a más de un paso de una persona. Yo creí que la playa y el faro se lo llevaba, porque iba rumbo a ella. ¿Qué le faltó?".

El relato de este fuencalentero no tiene desperdicio: "En casa no nos fuimos para ningún lado. Estábamos en plena vendimia. Nosotros, cuando eso, teníamos mucha cantidad de viña. Cogíamos más de sesenta pipas de mosto. Además, aquel era un año fuerte de uvas. Tuvimos que pedir un permiso al Ayuntamiento para poder andar con los furgones, porque había viña ahí debajo y viña por todos lados y eso estaba trancado de tanta gente que había. A los pocos días volví a vendimiar lo que quedaba al lado del volcán, sin miedo ninguno, porque ya se sabía que la lava iba para abajo. Uno miraba para allá y sabía que aquí acá no llegaba; y lo más cerca que estuve sería como a unos trescientos metros, o quizás menos. El volcán pegando bufidos y uno vendimiando (risas). Él estaba con su jaleo y yo en lo mío (risas). Al otro día de que reventó el volcán volví donde había estado y allí estaban las seretas y las tijeras. Estaban donde mismo las dejé. ¿Quién se metía ahí debajo? ¡Ahí nadie se metía!".


León Bienes, alcalde

León Bienes Hernández (1927) era entonces el alcalde de Fuencaliente. "Los temblores de tierra -recuerda- empezaron unos diez días antes, más o menos, y como a los dos días vino a Fuencaliente el gobernador civil, Antonio del Valle Menéndez, más bien con la intención de tranquilizarnos. Fue entonces cuando se les ocurrió la idea del célebre sismógrafo con una plomada, de esas que se usan en la construcción. La plomada en cuestión, o sismógrafo rústico, si se prefiere, se colgó de la lámpara del despacho de la alcaldía. El modo de funcionamiento era bien sencillo. Si cuando se producía el temblor de tierra la plomada oscilaba de modo horizontal, no había mayor preocupación, pero si oscilaba de modo vertical, era que la erupción del volcán estaba cerca y lo teníamos debajo de los pies".

"Y, por fin, llegó el día en el que la plomada osciló de modo vertical. ¡Ay, mamá! De inmediato llamamos por teléfono al delegado del Gobierno, que era entonces Francisco Laína y nos dijo que estuviéramos pendientes de cualquier humo o fuego y que buscáramos por la parte alta del municipio. Pero no aparecía nada. Yo bajé ese día a La Costa y de regreso a Las Indias, sobre las tres de la tarde, advertí una densa humareda por debajo del volcán de San Antonio. Y me dije: ¡ya reventó el volcán! No sabe la alegría que me llevé, porque, la verdad, estábamos muy preocupados con la posibilidad de que la erupción se produjera por encima del pueblo, en cualquier otro lugar de la Cumbre. Pero hasta en eso estuvo bien, vaya, porque donde reventó era un llano de malpaís, terreno de cultivo de poco interés"

Cirilo García Ríos (1917) estaba ese día, como tantos otros, trabajando en su oficio de carpintero en el local de Domingo "el Perico". "A la hora de comer estaba sentado por fuera de la casa, cuando miré, ví aquella polvacera y digo: ¡coño, aquello parece un volcán! Claro, cuando volví otra vez a la carpintería, digo: mira, Domingo, yo creo que aquella polvacera es el volcán! En eso que "el Perico" salió para fuera, miró, lo vio, ¡ehhh!, cuando me deja solo en la carpintería y todos se fueron ’aviaje’. Y yo me quedé allí y digo, ¡pero bueno, yo no sé para dónde ellos se fueron!. Cuando al rato nos asomamos a la montaña de Las Tablas, a verlo y les dije: ¡miren el volcán, muchachos!".


Pescando en el faro

Indalecio Cabrera García (1920) estaba pescando ese día en el faro de Fuencaliente. "Primero sentí dos temblores fuertes y después un ruido. Me dio por mirar hacia el volcán de San Antonio y ví la humacera aquella y pensé: Bueno, ¿quién estará tirando barrenos ahí encima? Pero con la misma miré otra vez y ya lanzaba escombros encendidos para arriba. Y entonces me dije: ¡Esto es un volcán! ¡Vaya que si era un volcán! Salí corriendo y me encuentro en las salinas con un sobrino mío que estaba trabajando allí y le digo: ¡Vámonos de aquí, corre, que hay un volcán reventando ahí encima! El encargado de las salinas va y me dice: ¡No, no, tenemos que terminar este cemento! Le digo: ¡termínenlo ustedes si quieren, pero el sobrino viene conmigo!".

"Salimos corriendo y por el lado de allá había una caseta en la que estaban los hijos de don Antonio ’el Fullo’, que dormían allí. Los llamé al grito y le dije a Domingo, uno de ellos: ¡levántate, levántate, que hay un volcán reventando ahí encima! ¡vete al faro y avisa a la gente! En aquellos días, ellos habían terminado un barco, que era el mejor que había entonces aquí y recuerdo que se echó manos a la cabeza y decía: ¡ay, mi barquito!, ¡ay, mi barquito!".

"Conque seguí con mi sobrino para arriba, pendiente de los hijos míos. Cuando llegamos al plano donde después hicieron el faro nuevo, ¡muchacho, veía las piedras encendidas volando que parecía que iban a caer encima de uno! Mi sobrino Miguel me decía: ¡ay, tío, vámonos de aquí! Y yo pendiente de los chicos míos, a ver si asomaban de la Fuente Santa para acá. ¡Y qué va! Allí estuve pendiente hasta que tuvimos que salir. Yo le decía a mi sobrino que corriera, que yo iba detrás como pudiera. Pero él no me dejaba. Cuando íbamos de la montaña de Las Margaritas hacia arriba, unos pocos vecinos que estaban en el faro echando un caldero, llegó Domingo con la noticia. Entonces dejaron todo y salieron mandados para arriba. Yo iba con la caña de pescar al hombro y recuerdo que nos encontró Gabriel, el hijo del ’santulario’, que venía con el furgón. Y Gabriel me decía: ¡bota esa caña¡ ¡bota esa caña! El furgón venía lleno. Le digo: bueno, espérate, la verdad es que ahí dentro no cabe nadie más. Pero un poco más arriba me encuentro con mis hijos, que venían a mi encuentro. Elías, que estaba trabajando en La Costa, traía el furgón de Julio y había dado la vuelta por el pueblo y Benito llegó en una moto. Allí nos encontramos y salimos para Los Canarios".

Gabriel Hernández Hernández (1938) estaba con otros amigos echando un caldero en la playa del faro. "Me encuentro a la gente pálida y les pregunto: ¿qué pasa aquí? Me responden: ¡Muchacho, tú no has sentido el tremendo temblor de tierra que hubo? No, no me día cuenta, como venía manejando el furgón, hombre, si vi piedras caídas en la carretera... Le digo, ¡hombre, no te preocupes, si el volcán va a reventar hoy, seguro que revienta en los tagasasteros tuyos en la montaña de Las Tablas. ¿En los tagasasteros míos? ¡Ya lo creo! Esto quedó así y nos fuimos para abajo. Y cuando habíamos terminado de almorzar, yo encendí un puro y unos barqueros de Tazacorte, que llevaban bastante tiempo allí en el faro, empezaron a gritar: ¡Ya reventó el volcán¡ ¡ya reventó el volcán!".

"Subo por una escalera de madera que había donde está hoy el kiosco hasta el faro viejo, y cuando llegué arriba y miré, dije: ¡Pues sí reventó! Aviso a los que estaban abajo y les dije: Bueno, sin prisas y sin carreras, pero vámonos de aquí. Allí estaban también Veneranda y Valentín y un nieto. Nos acomodamos todos en el furgón, aquí no se puede seguir y es peligroso. Valentín y Veneranda empeñados en que ellos se quedaban allí, que les trajera el nieto para arriba, y en esto, yo acomodando gente en el furgón, cuando llegó Fernando Leal: ¡muchachos, ustedes no ven que está el volcán ahí encima!".

"Colocando a la gente en los dos vehículos, en eso llegó Aridane, el yerno de Veneranda, todo agitado: ¡Tienen que embarcarse porque ya el volcán se llevó la carretera! ¿Cómo va a ser eso? Me quedo mirando y si no hubiera sido por la experiencia del volcán de San Juan, a lo mejor me hubiera asustado más, pero no tenía pánico. Respeto, sí, porque se trata de un volcán, y le pregunto: ¿y tú por dónde viniste? Me contesta: ¡Gabriel, que el volcán se llevó la carretera ya! En aquel momento, él tenía razón para pensar así, porque cuando dio la primera explosión, él estaba con el secretario del ayuntamiento en el borde del volcán de San Antonio, y se le perdió de vista el faro y todo lo que tenía delante. Tenía su razón, pero yo pensé: Si él vino, yo echo para arriba y si la carretera está cortada, viro para atrás y malo sea que no pueda echarme al agua".

"Como la carretera tiene dos curvas antes de rebasar la subida por donde supuestamente la había cortado la lava, yo pensé que si la rebasaba quedaría a la derecha del volcán, hacia el Norte. Cuando iba dando la última vuelta, encontré a Daniel el de Eufrasia, con el hijo, asfixiaditos, me hicieron señas para los llevara y les dije: en la vuelta de encima los espero, porque yo lo que quería era rebasar la última curva que había por debajo del volcán. Allí los esperé y todos llegamos a Los Canarios, sin mayor novedad".

Y, por último, en esta ocasión, recogemos el testimonio de Juan González Díaz (1941), que en aquellos días conducía un camión llevando tierra para las fincas de La Costa de Fuencaliente: "Unos días antes, cuando los temblores, iba yo bajando por la carretera de Las Indias, con el camión, cuando de pronto se desprende una tremenda piedra y pasó por delante de la cabina, que me puso los pelos de punta. Si llego a ir un poco más rápido acaba conmigo".

"El 26 de octubre del año 1971, recuerdo que acababa de llegar de La Costa, de llevar un viaje de tierra, cuando oigo los gritos de Aridane diciendo que había reventado un volcán. Ahí mismo salí corriendo hacia la montaña de Las Tablas y de pronto vi cómo de un llano surgía fuego como si fuera una caldera hirviendo. Entonces habían llegado otras personas y todos nos quedamos de piedra, ante lo que estábamos viendo. Lo curioso es que aquello era un llano y yo me acuerdo, cuando chico, que había allí un barranquero, que era fresco, a coger pasto para el ganado y surgió el volcán, que formó toda esa montaña. Y también surgió un cráter pequeño, que parecía un soplete, echando lava y fuego".

"!Sí pasamos miedo, para qué decir lo contrario! En aquellos días se decía que sí era un volcán marino y que podía explotar, que sí podía aparecer una boca cerca de la cooperativa, yo qué sé, tantas cosas se decían que lo único que conseguía era ponernos más nerviosos de lo que estábamos, asustados por los ruidos subterráneos, que parecían como los callados de la playa cuando hay reboso grande".
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