Quienes han sufrido el infierno de una guerra cuentan que las bombas acaban digiriéndose. Dicen que al principio ahogan, cortan la respiración, inmovilizan y estremecen, pero que llega un momento en que la costumbre las silencia. El estruendo continúa, la amenaza no decae, pero los días acaban sumergiéndolas en el paisaje. No hay bomba o guerra que la rutina no amortigüe -la monotonía del horror, en este caso-. A todo nos acostumbramos; incluso, como en las confrontaciones, al sobrevolar de la muerte o del zumbido último. Las bombas y las palabras tienen eso en común.
A unas les ocurre lo que a las otras, de ahí que no haya palabras capaces de estremecer o asustar sin caer en la monotonía, que las mitiga hasta hacerlas desaparecer en las cosas del día a día. Hasta las palabras más duras u ofensivas, las más hirientes o incendiarias, incluso aquellas con las que los portavoces del PP puedan bombardear una realidad que los contraría, incluso ese polvorín pierde potencia y capacidad de destrucción con el transcurrir de los meses. Cuando esto ocurre, a los jinetes-artificieros del fin del mundo conocido -los de la ruptura de España- no les queda más remedio que incrementar la virulencia de su discurso. En ese contexto se explica que un ex ministro de Interior diga (sin desplomarse de pura vergüenza) que ETA avala directa o indirectamente el Estatuto que los catalanes están defendiendo en Madrid.
Sólo en esa dinámica puede situarse esto de que se juegue con los hechos de forma tan retorcida, perversa e irresponsable. Sólo partiendo de que el PP se siente obligado a echarle gasolina a todo lo que se le cruza (hasta el punto de manipular y mezclarlo todo más allá de lo permisible), sólo así se puede interpretar que quien fuera máximo responsable de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado hable tan sucio. Con el precedente de 1993 -otra realidad, otra circunstancia- actúan convencidos de que el poder lo dan las urnas o, en su defecto, el ruido. Ahí están. Anunciando la guerra de los mundos. Silenciando que, incapaces de sentarse prácticamente con nadie, con el último Gobierno del PP este país sí que estaba roto. Mejor intentarlo que, como entonces, tirar la toalla en la construcción del país del siglo XXI. La pólvora argumental del ex ministro lo descalifica. Hay que subir mucho para caer tan bajo.