DIEGO CARCEDO
Israel, sin Sharón
La desaparición de Ariel Sharón de la actividad política no es un drama para Israel. Nadie es insustituible y mucho menos en un régimen democrático tan baqueteado en crisis de diferente índole como el israelí. Aunque tienen que celebrarse elecciones dentro de tres meses, la solución para el vacío que deja llegará a través de las urnas y la posterior negociación a que obligará la inevitable fragmentación parlamentaria que, siguiendo la tradición, arrojará los comicios. La desaparición de Sharón de la vida política, en cambio, sí resulta muy preocupante para la evolución del conflicto con los palestinos.
En los últimos meses, el conflicto algo había evolucionado hacia la ansiada solución de paz. No mucho, desde luego, pero algo sí. El abandono israelí de Gaza ha sido un paso importante al que era previsible que siguiesen otros después de las elecciones si, como se preveía, Sharón continuaba en el poder, y sobre todo si continuaba en el poder sin la rémora del sector intransigente del Likud, el partido del que estaba intentando desprenderse. Ahora se impone una espera más larga de lo deseable y una expectación para la que no existen respuestas ni pronósticos.
En política las cosas o van muy deprisa o se ralentizan de una forma desesperante. El conflicto del Próximo Oriente es de los que están predestinados a eternizarse. Cada vez que se atisba algún síntoma de mejoría, surge algo que frustra toda esperanza puesta en la consecución de un acuerdo. Hace dos años éramos muchos los que opinábamos que la solución requería la renovación del liderazgo en ambos bandos. Y, efectivamente, la muerte de Arafat impuso un nuevo pragmatismo del lado palestino que enseguida inauguró nuevas perspectivas para las negociaciones.
Y, contra lo que se esperaba, esas nuevas perspectivas, que proporcionaron una reducción drástica de los ataques terroristas palestinos, indujeron un cambio elocuente en la actitud de Ariel Sharón. El duro general, considerado como uno de los halcones de la derecha israelí, pasó, casi sin que nos percatásemos del cambio, de cabeza visible de la intransigencia a dirigente avanzado de la idea de que era necesario ir cediendo hasta que, en un clima más tranquilo, pudiera llegarse al arreglo, un arreglo que como casi nadie discute ya tiene que pasar por la creación del Estado Palestino.
Con la salida de Sharón de la escena política, esta estrategia, lenta, casi imperceptible pero esperanzadora, se interrumpe. Y se interrumpirá más si las elecciones devuelven al poder a Benjamín Nethanyahu, el líder radical y belicoso que encabezará las listas del Likud. Mientras tanto, tampoco del lado palestino las cosas resultan más tranquilizadoras. Abu Mazen, el heredero de Arafat, cada vez tiene mayores dificultades para controlar a los extremistas para quienes lo único deseable es que Israel desaparezca y que los judíos que allí habitan inicien una nueva diáspora por el mundo adelante.
Hoy todo invita a afirmar que sin Arafat y sin Sharón el conflicto vuelve a uno de sus tantos puntos cero. Habrá que seguir teniendo esperanza, pero la realidad es que los hechos cada vez dan más la razón a los pesimistas.
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