El reloj del presidente del Gobierno no está marcando la misma hora que el del presidente de CC. Un minuto los separa (luego, no están sincronizados). Es cosa de 60 segundos escasos, es cierto. Pero para la aeronáutica, las leyes físicas o las decisiones políticas un minuto puede ser intrascendente o, en ocasiones, cambiarlo todo. Este es el caso. Mientras Adán Martín piensa en el minuto anterior al inicio de las elecciones de 2007, Rivero tiene su cabeza en el minuto siguiente. El reloj del presidente avanza con las manecillas puestas en hacer una buena legislatura.
El de Rivero no. Los dientes de su reloj giran con la cabeza en lo que ocurra no antes sino durante la campaña. Es sólo un minuto, sí. Solamente sesenta segundos, de acuerdo. Sin embargo, ese desfase está colocando a los nacionalistas en una encrucijada maldita: el presidente trabaja para la legislatura y el partido para las elecciones. De ahí la doble velocidad que se percibe respecto a las ganas o el diferente entusiasmo que unos u otros le ponen a lo de cerrar -Gobierno- o aparcar -partido- la reforma del Estatuto. Doble velocidad que se detectará con mayor nitidez en la medida en que se acerquen los calores del verano. Ambos tienen responsabilidades distintas y en consecuencia sus objetivos no son siempre coincidentes.
Si Martín quiere ser recordado como un buen presidente, Rivero quiere ganar las elecciones; y, como ambos saben, no es lo mismo afrontar la campaña con o sin reforma, con o sin agravio, con o sin un buen catálogo de reproches a socialistas y populares. El quebradero de cabeza de los nacionalistas no tiene su migraña en el sistema electoral. El epicentro de sus dudas está en si tácticamente interesa o no sacar la reforma. Es una de esas ocasiones en las que táctica y política se vuelven agua y aceite. Desfase al que no ayuda la indefinición sobre quién será el candidato a la presidencia (si el aspirante fuera el actual presidente, ese minuto desaparecería). Si en CC supieran que Martín es el candidato, jugarían más para el presidente. Si el presidente se supiera candidato, jugaría más para el partido. Como no lo saben, compatibilizar objetivos o sincronizar relojes se convierte en una tarea imposible. Entre otras cosas, porque en esas filas el minuto que separa al presidente del Gobierno y al del partido es tema tabú.