LA CONTRAPORTADA
Noveleros
JAIME PÉREZ-LLOMBET
Coleccionista de acontecimientos, el novelero jamás va al fútbol pero el día del ascenso lo verás en la caravana de coches, entregadísimo, descamisado, agitando la bandera. Su existencia es un echarse a la calle. Si alguien discute debajo de su casa, deja lo que esté haciendo y corre a la ventana. Es el mirón de todos los accidentes, el que se deja embarcar para las causas más peregrinas, ese al que le acaban endosando la organización de una reunión de antiguos alumnos, el que termina cambiando la bombilla del zaguán. El novelero es ese que está en casa, cenado, en pijama, encajado en el sofá, ese que suena el teléfono, remolonea, le dice a los amigos que ni de broma, que está dormido, esta noche paso, dónde dices que están, ese que en treinta minutos está -sin descompresión- cerveza en mano. Es el que no saldrá en carnavales, que no, que va, que pone la radio, escucha no sé qué de la final de murgas y un cosquilleo le recorre el cuerpo de los pies a peluca pasando por la maraca. No descansa. Su calendario es una ensaladilla de tenderetes, una sucesión de novelerías, un bazar de sensaciones que estos días lo tiene particularmente inquieto, muy meteorólogo, torturando a los del trabajo a cuenta de la cantidad de nieve que hay en el Teide, preparándolo todo para subir hoy, mañana o pasado. Estos días lo podremos ver arriba, poseído, tirándose por cualquier resquicio de pista con el culo sobre el plástico que traía el colchón que le regalaron los reyes, dejándose el huesito dulce en la piedra que siempre sobresale, forrado con la bufanda del Tenerife, olvidándose de que los vaqueros son lo peor que te puedes poner para ir a la nieve, luego, empapado nada más llegar, con el frío congelándole el tuétano de las rodillas, comiendo a todas horas porque el novelero cuando va de excursión se pone a comer a los cinco minutos de llegar y no para hasta que se manda la última croqueta; y, en lo que constituye su ADN, haciendo una montañita de nieve sobre el limpiaparabrisas, parándose al bajar para reponerla, cruzando los dedos para que le aguante y hacer la entrada triunfal en La Laguna. (Hasta aquí el novelero; luego está el que quita las vallas, se salta la prohibición de subir o se mete con los chiquillos por pistas forestales para eludir las recomendaciones. Este último no es un novelero, sino un membrillo).
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