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LA CONTRAPORTADA
Cerrajero
JAIME PÉREZ-LLOMBET

No hay nada como un problemilla doméstico para olvidar de golpe todos los que hasta ese momento nos apretaban la cabeza. Nada como una incidencia menor para que otras preocupaciones se esfumen sin dejar rastro; nada como un imprevisto para que la jaqueca del arreglo del coche, de la factura de la luz, de la derrama de la comunidad, de las reformas constitucionales o del proceso de paz en Oriente Próximo desaparezcan, dejándote a solas con el problemilla, abandonado a tu suerte, convencido de que la historia de las civilizaciones tiene un antes y un después del imprevisto que te acaba de jeringar el día. Un suponer.

O, más que un suponer, una puerta. Una que no es cualquier puerta, sino la de tu casa. Unas llaves que no son cualquier llave, sino las de la puerta de tu casa. Que las dejas donde no debes. Que no es la mesa del restaurante, el taxi o en todas partes y ninguna porque no recuerdas dónde demonios las perdiste, no. Es que caes en que saliste corriendo y allí quedaron las jodidas, colgadas de la puerta de tu casa, sí, pero por dentro. Tú fuera y ellas dentro. Separados por apenas unos centímetros; pero, a todos los efectos, como si tú estuvieras en Logroño y las llaves en una papelera de Santiago de Chile.

Superada la conmoción inicial, decides plantarle cara al problema -faltaría más-. No te rindes. A golpe de móvil llenas la ciudad de bengalas (¿o acaso el móvil no es al que está tirado lo que la bengala al náufrago?), y gracias a un amigo, que es sobrino del suegro del ex marido de la hermana del socio que tiene un pariente que conoce a uno que dicen que puede solucionártelo, en sólo un par de horas un cerrajero se materializa ante tus ojos. En ese momento el cerrajero es dios. Sientes que tu existencia entera está en sus manos, que es él quien te da o te quita la vida, que más allá de él no hay nada, que él es el comienzo y final de todas las cosas. Antes de iniciar su peculiar operación de microcirugía te pide que mires hacia otro lado (por salvaguardar el secreto profesional, ojo). Tres minutos después, ni uno más, te abre la puerta, se incorpora, dice que son ochenta euros, tendré que ir al cajero, voy con prisa, no tardo, adiós, hasta luego. Tal cual. Ochenta euros. De ahí que lleve tres días preguntándome en qué estaría yo pensando cuando decidí tirarme cinco años estudiando Derecho.

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