La primera vez que estuve en Chile, hace veinte años, me detuve ante el palacio de la Moneda, ocupado entonces por el general Pinochet. Había recorrido la gran Alameda O'Higgins, por el centro de Santiago y allí entoné bajito una canción que se había convertido en un himno a la libertad de Chile: "Yo pisaré las calles nuevamente", de Pablo Milanés.
Eran días grises, no sólo por la presencia de las nubes y la polución que se instala sobre el cielo de Santiago, arrinconada contra la cordillera de Los Andes. Eran días grises porque el régimen de Pinochet ejercía una brutalidad casi similar a la de los primeros años de la dictadura. Hoy, uno tiene la sensación de que aquella pesadilla ha pasado definitivamente.
La victoria electoral de Michelle Bachelet sabe a fin de un periodo transitorio, a definitiva recuperación de la libertad. Una libertad que los chilenos han ido reconstruyendo poco a poco, con convicción y con esperanza, con un civismo que siempre había sido uno de los rasgos políticos de Chile hasta que un puñado de militares y civiles decidieron asumir la traición como forma de comportamiento.
Entre los militares que cumplieron su palabra, es decir, que se mantuvieron leales al juramento que habían hecho de defender la Constitución y al Gobierno democrático, estaba el padre de Michelle Bachelet, el general Alberto Bachelet, muerto en prisión como consecuencia de las torturas a las que había sido sometido por sus felones compañeros de armas.
Por eso el triunfo de la ya presidenta electa tiene un doble valor, un doble sabor a victoria: además de a democracia vital y profunda, a reparación moral, a reconocimiento de la honestidad de la gente como el general Bachelet, que hicieron de la dignidad una línea de no retorno y les costó la vida.
También resulta reconfortante, y así hay que reconocerlo, el cálido reconocimiento de la victoria de Michelle Bachelet por el candidato de la derechista Alianza por Chile, Sebastián Piñera, después de los años en los que la derecha chilena jaleaba sin pudor a Pinochet.
Son muchos aún los problemas de Chile, todavía quedan algunos retales legislativos e institucionales del régimen de Pinochet, el gran empuje económico tiene un injusto reparto y las desigualdades son enormes. Pero hoy uno puede volver a recorrer la Alameda y recordar aquella frase del presidente Allende, en su último mensaje, transmitido a través de radio Magallanes, mientras los aviones bombardeaban el palacio de la Moneda: "Más temprano que tarde abrirán de nuevo las grandes alamedas por las que pase el hombre libre de mi pueblo".
Y uno puede detenerse en una plaza y entonar, ahora en voz alta, la canción de Pablo Milanés: "Yo pisaré las calles nuevamente, de lo que fue Santiago ensangrentada, y en una hermosa plaza liberada me detendré a llorar por los ausentes". Me pregunto que sabor habrán tenido las lágrimas con las que Michelle Bachelet habrá regado estos días alguna plaza, quizás la tumba de su padre. |