La presentacion de un recurso contencioso administrativo por la celebración del Carnaval en la zona centro de Santa Cruz, con la consiguiente agresión a la vida normal de los residentes de la zona, ha levantado toda clase de opiniones, demasiada manipulación interesada y algún intento de incitación chulesca, buscando réditos electorales. Se ha ridiculizado el número de firmantes, en comparación con la totalidad de los habitantes; se ha intentado engañar a los ciudadanos, diciendo que se quería terminar con los Carnavales; no se ha dudado en hacer creer que, detrás de la reclamación, había "algo raro"; fingían sorpresa, porque se reclamara, ante la Justicia sin haberlo hecho antes al Ayuntamiento; se ha hecho referencia a la importancia económica y turística de la celebración del Carnaval que, junto a la "tradición", "la identidad" y "las prohibiciones del franquismo", han servido para argumentar, incluso, que el Carnaval se celebraba antes de que, muchos de los reclamantes, en algún caso sin partida de nacimiento chicharrera, vivieran allí.
Ninguno se ha molestado en hablar del Estado de Derecho, la legalidad vigente, los derechos constitucionales o la jurisprudencia nacional e internacional, del derecho humano al descanso. Se ha llegado, por algún cargo político, a incitar, sibilinamente, a una reacción de los carnavaleros contra los vecinos. Grabado y escrito está. A esta labor se han aplicado con entusiasmo algunos comisionistas y chupócteros del Carnaval, con micrófono, pluma o cámara.
Sólo pretendo con estas líneas racionalizar el problema, desbaratar las mentiras y manipulaciones y encontrar el camino para una solución aceptable, aunque sea en el tiempo.
España ocupa el segundo lugar, tras Japón, en el indeseable ranking de países más ruidosos del mundo. Alrededor del 70% de los españoles sufren niveles de ruido superiores a los 65 decibelios, el tope que los científicos y expertos consideran inaceptable.
Nadie puede dudar de la falta de sensibilidad no sólo de la Administración, sea municipal, autonómica o estatal, que no adopta medidas eficaces para combatirlo, sino de la propia sociedad, pese a que la Organización Mundial de la Salud, la CEE, la Agencia Federal de Medio Ambiente Alemana y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, entre otros organismos, han declarado que el ruido tiene efectos muy perjudiciales para la salud, a corto plazo. Desde trastornos puramente fisiológicos, como la pérdida progresiva de audición, hasta los psicológicos, al producir una irritación y un cansancio que provocan disfunciones en la vida cotidiana (perturbación del sueño, estrés, irritabilidad, disminución de rendimiento y de la concentración, agresividad, cansancio, dolor de cabeza, problemas de estómago, alteración de la tensión arterial y del ritmo cardíaco, depresión del sistema inmunológico, vaso- contricción y agravamiento de estados depresivos. Los niños, las embarazadas, los enfermos y los ancianos son más sensibles al ruido que perturba su sueño.
En los últimos años, la utilización de grandes amplificadores de sonido, con desmesurada potencia, en bares, cafeterías, kioscos o en fines de semana, fiestas patronales, ferias o Carnavales, en plazas y calles del centro de las ciudades, ocasiona serias molestias a los vecinos que, libremente, han decidido vivir en esas zonas, sin renunciar a la protección de las leyes y de los tribunales, a los derechos individuales reconocidos en la Constitución y a no tener que sufrir la agresión del ruido incontrolado, en nombre de la tradición, la idiosincrasia o los intereses económicos de algunos, utilizado todo electoralmente por los políticos y convirtiendo el Estado de Derecho en una "república bananera".
No se puede afirmar, sin mentir, que nadie ha protestado por la insoportable agresión acústica. El 25 de febrero de 1996, hace diez años, DIARIO DE AVISOS publicaba un artículo, titulado "Tengo derecho a dormir", cuyo autor coincide con quien firma este artículo y del que extraeré algunos párrafos:
"Es imposible seguir intentando dormir. Son las seis de la mañana del sábado y después de batido el récord de vueltas en la cama, decido levantarme y ponerme a escribir. Desde el viernes 15, vengo sufriendo los rigores y molestias del injustificable volumen de los altavoces. En nueve dias, sólo he podido dormir, normalmente, la noche del 22."
"Uno de los días, sin haber podido pegar un ojo, a las siete y media, me llamaron de la COPE, de Madrid, para iniciar la tertulia de ’La Mañana’, con Antonio Herrero, Ramón Tamames, Julián Lago y Jesús Cacho. Abrí una ventana, saqué el teléfono y toda España pudo oír, en directo, el estruendo del Carnaval, que dejó asombrados a los tertulianos. Cuando nos despedíamos, hora y media después, me pidieron que volviera a abrir la ventana. El asombro fue aún mayor. Todo seguía igual."
"Días después de finalizado el Carnaval, encontré en el buzón una carta del alcalde, Miguel Zerolo. En su texto, explicaba que se ’iban a sentar las bases de una nueva etapa la que la diversión y descanso sean verdaderamente compatibles’. Y añadía: "En nuestro empeño de proteger en mayor medida el derecho al descanso de los vecinos de la zona baja de la ciudad, este año hemos trasladado al Centro Internacional de Ferias todo lo referido a los concursos del Carnaval, medida, esta última que espero de corazón les haya servido para preservar su tranquilidad".
"Es de agradecer el interés del señor Zerolo por la tranquilidad de los vecinos"
"Pero no son los concursos de murgas, comparsas, rondallas o la elección de la Reina del Carnaval, lo que más molesta a quienes viven en "la zona baja de la ciudad".
"A casi todos nos gusta el Carnaval"... "Pero, el Carnaval chicharrero no pierde un átomo de su espectacularidad, ni de su expresión popular, si se obligara a bajar los decibelios de los altavoces instalados en coches y chiringuitos; se situaran en las proximidades del muelle y avenida marítima, donde no vive nadie, o se fijara una hora prudente para suprimir la música".
En estos diez años, la situación ha empeorado. Se han duplicado los coches, camiones, kioskos y chiringuitos, y triplicado el número y potencia de sus altavoces, que intentan atraer clientes o bailarines, a base de elevar, al maximo el sonido de músicas distintas, que producen un estruendo insoportable, durante ocho, nueve, diez o doce horas seguidas, según el día, sin que se haya tomado medida eficaz alguna, en defensa del legítimo derecho de los vecinos a descansar.
El próximo domingo, si no ocurre nada, desbarataré el resto de mentiras y manipulaciones. |