No sé si en la de psicología, psiquiatría o sociología, pero en alguna facultad están tardando en estudiar a los membrillos que a la salida del semáforo hacen un caballito con la moto. No será tarea fácil, está claro. Basta observarlos, ahí al lado, en el mismísimo semáforo, soñando con llegar lo más lejos posible con la rueda delantera en alto, para intuir que estructurar una tesis sobre este asunto no es sencillo. No puede serlo adivinar qué pretenden, contra qué se rebelan, qué mensaje quieren transmitir, a quién o quiénes se dirigen, cómo han llegado hasta aquí, cuándo fue la primera vez que lo intentaron o por qué les resulta tan humillante salir con las dos ruedas pegadas al suelo.
Porque, a bote pronto, así, a la espera de que alguien se anime con lo de la tesis o trabajo fin de carrera, lo del caballito tiene tanto sentido como lo tendría salir del semáforo con el dedo derecho en la oreja izquierda, tocándose la rodilla con la nariz, tirándole la camisa al primero que pase o, cual rejoneadores, recogiendo con una mano las colillas y chicles del suelo. Si la cosa va de hacer chorradas (y parece que así es), me pregunto por qué no dejan lo del caballito y en adelante, si lo que quieren es fardar delante de la piba, por qué no hacen el perrito y salen del semáforo con las ruedas en su sitio y, eso sí, hartándose de ladrar, ladrando todo el rato, ladrando esté cómo esté el semáforo, ladrando hasta que se les acabe la gasolina. Así, en lo que puede constituir una lectura inicial, puede que el asunto parezca menor. No lo es.
Que al salir del semáforo uno se vea en la necesidad de levantar la rueda delantera de la moto tiene un porqué. De entrada, algo ha pasado ahí, algo ha fallado para que no les baste con acelerar cuando el semáforo se pone en verde, algo que les ha marcado tanto que los tiene haciendo el indio -por lo del caballo, digo-. A la espera de que los expertos le encuentren una interpretación sexual, veterinaria (equina) o sociológica a comportamiento tan anormal, no nos queda más remedio que improvisar, llegar a nuestras propias conclusiones y dar por bueno que estos jinetes de su apocalipsis creen que levantando una rueda y manteniéndola en el aire unos metros se convierten en héroes urbanos, rebeldes sin causa o así. Que nos impresionan, en definitiva. (A ver quién les dice que nada de eso).