Columnas semanales con las que cualquier bicho viviente que tenga al menos dos dedos de frente no puede estar en desacuerdo. Tertulias y entrevistas radiofónicas con las que coincidimos plenamente. Planteamientos teóricos harto difíciles de refutar. Lecciones magistrales dignas de cualquier facultad universitaria. Periodistas que ponen el grito en el cielo ante aseveraciones tales. Papas que vienen del quinto pino y que entran en la isla como Pedro por su casa. Bichos raros que se introducen en mercancías sujetas a escasa o nula vigilancia. Hectáreas que se abandonan, juventudes que desertan, eriales que se incrementan, llamados a las movilizaciones ciudadanas, solicitudes y plegarias para que adquiramos alimentos autóctonos, boicots a los productos extranjeros y a las grandes superficies...
Porque el campo verde es medio ambiente elevado a la enésima potencia. Y estas lluvias de enero vinieron cual anillo al dedo. ¿Ónde está Manolillo? Se fue a Fitú, a llená de gorra la jandorga. Ya se sabe, el campo no da. Y el agricultor es tan ignorante que no lee, no escucha. Porque si llevara el periódico al huertito todos los fines de semana, si pusiera la oreja atenta a la emisora de turno, seguro que la cosecha de tomates tendría una salida más halagüeña y al mercado. Rentabilidad asegurada.
Ocurre lo mismo que en mi pueblo. Culpables son todos, porque las competencias parecen no estar bien definidas. Y aquí entran los del gremio, los que deberían ser más incisivos en las cuestiones a plantear. Pero no, se callan o asienten ante las evasivas del que algo más debería decir. El agua caída generosamente parece no haber mojado lo suficiente. Pues no aflora la lucidez requerida para señalarle al concejal de agricultura, verbigracia, que su cometido no debe ser solamente ir a la entidad bancaria en busca de billetes verdes. Lo malo es que la tecnocracia ha llegado a tales extremos que los cargos se reparten como en cualquier tómbola que se precie. Y elementos que todavía buscan el motor de arranque de una guataca, son colocados al frente de ramos del que no tienen ni la más pajolera idea.
Sí, los males de la agricultura se han enquistado. Es más fácil y mucho más barato importar. Mientras, los políticos, los que algo tendrán que aportar -a los que se le supone capacidad para intentar hallar soluciones a la difícil coyuntura-, se limitan a hacer estudios, a completar estadísticas, a contemplar cómo se abandonan los surcos y cómo la erosión se va cargando el paisaje rural. Muchos años anotando datos, signando gráficos, puede que, incluso, sacando fotografías. Mantos otrora verdes que se tornan opacos, canelos. Como la mierda, como el asco, como la desidia. Aquí no hay culpables, insisto. Es desgracia sobrevenida.
Reitero, como en mi pueblo, como en Puerto de la Cruz, como en cualquier otro sitio. Los culpables fueron los de antes y la situación se ha vuelto irreversible, no hay nada que hacer, no hay nada que rascar. Tendremos que fabricar el próximo bolígrafo-papa con ejemplares procedentes de Israel. Deben ser las plagas de Egipto. Menos mal que el picudo rojo sólo ataca palmerales.
Decimos por estos lares que le falta un agüita. Manifestaba Cantinflas lo de la falta de ignorancia. Alegaba el canarión, con vista impresionante del Teide al frente: de ahí para allá, Venezuela. Eso, sigamos mirándonos el ombligo. Y a la clase política (incluidos los reconvertidos) que continúe pensando que el resto de mortales, es decir, tú (si me lees) y yo (aprendiz impenitente): subnormales de nacimiento. E impertinentes. |