Temporales que hicieron historia
Las actas del antiguo Cabildo describen la bravura del mar y los graves destrozos ocasionados en el muelle de la capital
Santa Cruz de La Palma, en el siglo XVI, según el plano de Torriani. / COAC. 2 - Vista parcial de Santa Cruz de La Palma desde el mar (1897). /Archivo José G. Barreto. 3 - Frente urbano de Santa Cruz de La Palma en el siglo XVIII. / Archivo La Cosmológica.
   
     
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JUAN CARLOS DíAZ LORENZO
SANTA CRUZ DE LA PALMA


En ocasiones se presenta localizado en el puerto de Santa Cruz de La Palma un viento huracanado del Oeste conocido como caldereto o calderetero, sumamente peligroso por actuar en rachas espaciadas por largos períodos de calma. En estas circunstancias no es aconsejable intentar la entrada ni la salida del puerto, pues puede desarbolar y aun hacer zozobrar los veleros y los barcos de motor hacerlos abatir violentamente contra el muelle. En las imágenes de la reciente tormenta tropical "Delta", pudimos comprobar sus efectos.

El caldereto, llamado así porque desde las alturas de la Isla se precipita por el barranco de La Caldereta, suele presentarse cuando después de un tiempo del SW el viento rola hacia el cuarto cuadrante, deteniéndose en el W. Como señal de su entrada próxima se extiende un espeso celaje desde el Risco de La Concepción hasta la Punta de Santa Catalina. Suele presentarse en fechas próximas a los equinoccios, una o dos veces al año y su violencia es temible.

De los efectos de estos temporales –presentes en la memoria colectiva- existen, sin embargo, documentos antiguos que nos informan de los graves destrozos ocasionados en el incipiente muelle proyectado por Leonardo Torriani.

En las actas del antiguo Cabildo se encuentran referencias concretas, como se puede apreciar en un documento de fecha 16 de febrero de 1671, recopilado por Juan B. Lorenzo en el primer tomo de Noticias para la historia de La Palma (La Laguna, 1975) y que reproducimos a continuación:

"... Y en cuanto a lo que mira al particular del daño que ha hecho el mar en el muelle de esta ciudad, que muchas veces ha desbaratado parte del y la Ciudad ha acudido siempre a aderezarle y repararle en lo que han alcanzado los maravedís de sus propios, diligencia que no ha sido posible haberse puesto en ejecución este año por haber sido tan tempestuosos los vientos lestes que han continuado metiendo muchos mares, de suerte que no han dado lugar a obrar en su reparo, cosa tan notoria, y haber sobrevenido la última ruina del invierno de mareas de aguas vivas, que saliendo tan fuera de su curso se ha llevado muchas partes de las trincheras, con estar tan retiradas del mar, y asimismo la garita del Castillo principal, estrago que no hay memoria, ni de que haya llegado en algún tiempo a aquella parte por la distante altura y estar fabricada en lo más alto del parapeto del Castillo y por haberle finalmente dejado de manera que es necesario fabricarla de nuevo, cosa que con solicitarlo tanto la Ciudad con su buen celo no se podrá ni con dificultad por ser tan tenues los Propios, que aun no alcanzan a la satisfacción de sus más precisas obligaciones, verdad tan sabida de toda la república y que es ocasionada de la misma cortedad con que se hallan los vecinos de esta isla por la falta de trato y estar en ella tan extinguido el comercio, ayudando a su aniquilación las malas cosechas de frutos que ha habido de más tiempo de seis años a esta parte, que no han bastado los que se han percibido para continuar las fábricas de tierras y viñas, y atendiendo esta Ciudad a la pública conveniencia y al remedio más breve, acuerda, como más proporcionado y más cierto en el estado presente, el que ocurra a S.M. (q.D.g.) suplicándole se sirva de hacer merced a esta ciudad de permitir corra el donativo del 1 por 100 y demás arbitrios con que sirve esta Ciudad a S.M. por la cantidad de 10.000 ducados pagados en doce años, que comenzaron a correr desde Marzo del año 1660 y se acabará en el venidero de 1672, de cuya merced resultarán algunos maravedís para la fábrica de dicho Muelle, por ser de otra manera, como dicho está, imposible el remedio, como también será más dificultoso el reparo de las fortalezas de esta ciudad y en particular el de Santa Catalina, por ser el principal y en quien, mediante la voluntad de Dios, consiste la defensa de esta isla por estar en la parte más arriesgada a cualquier invasión de enemigos de la Corona Real, porque aunque la ciudad, en lo que han alcanzado los maravedís de Propios, ha asistido a los aderezos que se han ofrecido, como después de muchos otros lo hizo el año pasado de 1666, fue necesario, sin embargo de haber gastado todo el caudal que alcanzó de los propios, el que los vecinos, de su voluntad, ayudasen con algunos maravedís, sin con esta diligencia haber eximido los caídos de la imposición efecto concedido por S.M. para la conservación de cuatro artilleros, un Condestable, alojamiento del Sargento mayor, cureñas, pólvora, municiones y algunos otros gastos necesariamente indispensables, porque se ofrecen así en la dicha fortaleza como en los de Santa Cruz, del Cabo y San Miguel del Puerto, a que difícilmente alcanza por haber llegado a tal disminución este arbitrio, que siendo la concesión de 500 ducados ha bajado mucha parte, puesto que se remata en 300 por la cortedad de la isla, cuyos motivos obligan a que esta ciudad se ponga a los pies de S.M. proponiendo estos medios y representando el estado de esta materia, para que sea servido de que con su santo celo favorezca causa tan justa, &".

El temporal se produjo el 14 de enero de 1671 y la fuerza del mar fue tan violenta, que, como se relata, produjo graves destrozos en el muelle y derribó las trincheras de la Marina "y a pesar de que la garita del antiguo castillo de Santa Catalina estaba fabricada sobre el parapeto del mismo, a una altura de ocho a diez metros del piso de la playa, se le encapillaron arriba las gruesas mares reventadas y la derribaron también, causando grandes desperfectos, por lo que pienso que éste también debió haber sido de importancia".



Recuperar el puerto

Resulta esclarecedor el interés de los regidores palmeros para lograr la recuperación del puerto, medio tan necesario por su importancia en las comunicaciones y en el comercio con América. Así se desprende en el contenido del acta del Cabildo, de fecha 2 de noviembre de 1672, en la que se aportaron 800 reales, "porque el fondo de propios no alcanzaba para más", y se suplicó al teniente Blas Simón de Silva para que continuase la obra "con el esmero, cuidado y asistencia que hasta aquí".

Dicho documento se expresa en los siguientes términos:

"El Sr. Teniente general dijo:

Que en días pasados propuso en esta ciudad la gran ruina y destrucción del Muelle que había en el puerto principal, con las grandes tormentas del mar por ser costa brava, porque en otras veces en otros tiempos se había descantilado en algunas partes, y la ciudad acudió a su reparo, pero nunca llegó al estado que hoy tiene, porque en los inviernos han sido y suelen ser tales y tan grandes las tormentas que no han dado lugar a que se pudiese reparar el daño, y la cortedad de los Propios ser tal que no ha podido ni puede acudir al reparo y sustento de otras obras públicas, asimismo tan precisas y necesarias como la del Muelle, sobre que esta ciudad, cuidadosa deste reparo, trató y propuso el suplicar a S.M. se sirviese de conceder del donativo del 1 por 100 que esta ciudad concedió y ofreció con el deseo que siempre ha tenido de su Real Servicio, corriese adelante por algún tiempo, habiéndose ajustado la cantidad de la oferta para dicha obra y reedificación del Muelle y otros reparos que miran a la fortificación y defensa de esta isla, como parece del cabildo que se hizo el 16 de Febrero del año pasado de 1671. Y últimamente, visto que no se ha podido conseguir y que el daño pasaba adelante, se resolvió a que se tratase de rehacerlo procurando los medios más posibles para ello, y como el de sus Propios no alcanzan a el gran costo y gasto que precisamente se debía de hacer, y en la dilación había peligro de que pasado otro invierno no quedaría señal de Muelle, convino esta ciudad en que se recurriese a diligenciar que los vecinos, si quisieren voluntariamente, contribuyesen según quisiesen y pudiesen de sus caudales, ofreciendo luego los caballeros Capitulares lo que pudieron y les pareció a todos y a cada uno en particular, según la memoria y razón que de ello se tomó, y con esto se dio principio a la obra y se ha caminado con ella hasta el estado que hoy tiene, con que y a la Providencia divina resta poco para concluirla, como a la vista es patente a esta ciudad, en lo cual su merced ha fecho lo posible, y con todo para el resto después de lo ofrecido y gastado, se halla imposibilitado de medios para no parar la obra y sería gran falta y quiebra si esto sucediese, con que precisamente se halla obligado a recurrir a esta Ciudad y a sus Propios para que, aunque tenues y cortos, se vea si puede suplir de ellos aunque sea alguna pequeña parte de lo mucho que ha sido necesario para la obra para que no se pare y quede afeada sin darle conclusión, aun cuando no sea más que para los zulaques, que han sido y son precisos, que importará su costo de aceite y lino y todo lo demás para ello con 1.500 reales".



El temporal de Santa Catalina

La fuerza inusitada de los "calderetos" tiene una larga tradición en la historia marinera de la capital insular. Han sido muchos los temporales que han soplado en esta zona y es de apreciar la coincidencia estacional, es decir, entre los meses de noviembre y enero.

Uno de los temporales más famosos, que ha quedado reflejado para la posteridad gracias al relato que recoge Armando Yanes en su libro Cosas viejas de la mar (La Laguna, 1952), fue el de Santa Catalina, que se produjo el 25 de noviembre de 1879 y cuyos efectos fueron devastadores.

"Desde el día 22 venía reinando aquí un tiempo duro del S.S.O. al S.O., que es el conocido en Santa Cruz de La Palma con el nombre vulgar de caldereto, con rachas fuertes de viento y abundantes chaparrones y aguaceros acompañados de intensas tronadas y descargas eléctricas".

Dos días después, las cosas se complicaron: "El día 24 por la noche roló éste más al Sur y Sureste, levantando mar gruesa y acabando de este modo por dar todo el aspecto de un verdadero temporal de agua, mar y viento. Tuvo tal intensidad, que durante muchos años persistió en la memoria de todos, recordándosele con el nombre de temporal de Santa Catalina".

Y describe, más adelante, las características del suceso: "A eso de las diez de la mañana, coincidiendo con la hora de la pleamar, la crecida del mar era verdaderamente imponente, pues toda la calle de la Marina dejó prontamente de ser calle para convertirse en un callao, como antes lo fuera la ribera normal del mar, y ésta batía en los frontis de las casas de aquella calle con tal intensidad, que a veces subían sus olas a las ventanas altas".

Muchas casas resultaron dañadas -algunas de importancia- y en una de ellas "después de romper sus puertas atrancadas, metió por una de éstas una tan enorme piedra, que nunca les ha sido posible sacarla, pues no sabe por donde entró".

El periódico La Asociación, en su edición del 28 de noviembre de 1879, relata las consecuencias del temporal y cita, entre otras cosas, que "los buques que se hallaban anclados en la bahía, si bien estuvieron en grave peligro, no llegaron a sufrir avería alguna. Un lanchón y un bote de los señores Rodríguez se fueron a pique, y una lancha del Mosquito, propiedad de Guillermo Cabrera y Cía., encallaron haciéndose pedazos". Y agrega que "el muelle sufrió bastante, quedando destrozada una gran parte desde la primera escalinata hacia fuera" y que "todo el punto nombrado el varadero y astillero quedó convertido en un callao". "En todas las casas de la manzana que empieza en el astillero y concluye en la calle de Santa Catalina estaba el mar batiendo como si fuera en su orilla. Todos los barcos pescadores que se hallaban en el muelle y varadero fueron llevados a la calle principal de la población, sufriendo algunos varias averías. Calcúlase en más de diez mil pesos el valor de las averías causadas por el mar".

Armando Yanes relata, asimismo, la experiencia del capitán Eduardo Morales Camacho cuando, al mando del velero La Verdad, sufrió en alta mar los efectos de un temporal, en el viaje de vuelta de La Habana a Santa Cruz de La Palma, cuando se encontraba al Norte de la Isla. Fue uno de los viajes más largo del histórico velero, dos meses "de navegación accidentada y azarosa, en constante preocupación, que ni siquiera me dejó tiempo para afeitarme, pues salté a tierra con mi gran barba, cosa que a mí nunca me ha gustado usar".

El 27 de noviembre, el histórico velero La Verdad dio fondo en aguas de la bahía de Santa Cruz de La Palma. El insigne marino, en el relato que posteriormente le hizo a su sobrino político, recordaba, a propósito de los temporales, uno sucedido en verano, "cosa rarísima", el 26 de julio de 1846 y otro, el 12 de enero de 1849, "un fuerte temporal, también del segundo cuadrante como éste, destruyó el muelle y las murallas de la calle de La Marina, pero no llegó a batir en sus casas".

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