LA ÚLTIMA
Avión
CARLOS PADILLA
No podemos parar de comprar. Con apenas dinero, bien entrado el mes, visitamos el hipermercado para buscar dos garrafas de agua y llegamos a casa con una vajilla de oferta, tres libros y un reproductor de emepetrés. Esa tarde nos morimos de sed mientras ordenamos la loza en los armarios de la cocina, dejando que Tom Waits, gracias a nuestro nuevo aparato, nos acaricie los oídos. Hemos descargado de Internet una copia clandestina del Mule Variations que escuchamos una y otra vez. Las tres novelas, por desgracia, se quedan para siempre en la bolsa del Carrefour, dentro de un contenedor al que las arrojamos por error. Un mes después, tres de los platos ya se han roto y llegamos a confundir la voz de Waits, ronca y dulce hace treinta días, con la de Carmen de Mairena. Y tras perder todo interés por la música, sentimos de nuevo una terrible sed: es hora de ir a por unas botellas de agua.
No podemos evitarlo. Nos acercamos a la venta para comprar yogures y venimos con una manilla de plátanos, cinco chocolatinas y un reloj de pared. En la peluquería nos cuelan siempre dos cremas suavizantes y un crecepelo, el mecánico descubre cada año ocho averías donde sólo había tres y el médico, al diagnosticarnos un catarro, nos suma siempre algo de colesterol, sobrepeso y flacidez. Si decimos que no tenemos ganas de salir un viernes, que sólo daremos un pequeño paseo, acabamos de forma irremediable bebiéndonos el agua de los floreros en algún hotel, justo al amanecer.
A veces incluso viajamos a Mauritania para buscar una salida a la dramática cuestión de las migraciones clandestinas y regresamos a casa, satisfechos, con una nueva ruta para la aerolínea regional. El extraño mecanismo del olvido comercial actúa de una forma implacable. No perdona. La oferta de productos es infinita y nosotros muy débiles, tanto que con nuestros libros, discos y emepetrés en la cesta de la compra olvidamos en un segundo todo lo demás.
Mauricio, Ruano y Padilla tendrán su vuelo regular y llegarán rápido a Nuakchot, en minutos en vez de años. Pero un día tendrán sed. La crisis humanitaria habrá tocado techo en las Islas y será imposible dar con una solución. Intentarán recordar, sin éxito, qué fue lo que quedó pendiente, qué falló. Pero su avión, por ese entonces, yacerá en un hangar, sin motor.
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