MERCEDES COELLO*
Gracias, don Carlos
Hace unos años tuve la oportunidad de trabajar durante una temporada en la prisión de La Palma. Ejercí como médico durante casi un año, a pesar de que inicialmente sólo tenía encomendada esa función por unos días. En este artículo quiero rescatar lo que fueron las dos experiencias cruciales que me deparó el contacto diario con la prisión: el intercambio con la realidad cotidiana de los presos y sus "enfermedades del alma" -expresión que utiliza el escritor Sándor Marai en el primer tomo de sus memorias, "Confesiones de un burgués"- y, por supuesto, la amistad con el director de la prisión, don Carlos, a quien quiero rendirle homenaje hoy, con motivo de su jubilación.
Es don Carlos, por encima de todo, un hombre honesto. Una persona culta, erudita. Un lector impenitente que ha sabido extraer de los libros la sabiduría necesaria para afrontar la vida. Una persona justa: lo que yo entiendo por una persona justa, alguien capaz de adentrarse en los abismos o las sombras de los demás para comprender las propias. Alguien que no juzga y que sí entiende. Resulta poco menos que extraordinario toparse en la vida con hombres y mujeres con esa rara predisposición a comprender al prójimo, con esa vocación por curar lo que, como decía, son, sobre todo, "enfermedades del alma", esas que sólo curan los médicos con cierta predestinación y que tienen que ver poco con la razón y mucho con la pasión.
La cárcel de La Palma, por las propias dimensiones de la misma, no se asemeja a las prisiones de las zonas metropolitanas. Es, como en tantos otros órdenes de la vida en nuestra isla, una casa grande. Una casa grande habitada por muchos hombres y muy pocas mujeres: en su mayoría residen allí por haber cometido delitos relacionados con la salud pública. Lo primero que aprendes cuando entras allí es que todos, todas, son inocentes. Y que, por causas que exigen de nosotros, como decía, una actitud de entendimiento, de comprensión, han sido psicológica o socialmente desviados de su trayectoria natural, la de la inocencia. El objeto de este artículo es rendir homenaje, a nivel personal pero también en representación de los palmeros y palmeras, a un hombre, don Carlos, que, con su trabajo, propicia la confianza en el hombre, la dispensa, la inculca. Una vez más, gracias, Don Carlos.
* Mercedes Coello es diputada del PSC-PSOE por la provincia de Santa Cruz de Tenerife.
|