Han pasado casi doce años desde que tuve la suerte de encontrar el colegio en donde mi hijo cursa su formación.
Me devanaba los sesos pensando (después de una anterior y pésima experiencia escolar con otro hijo) en encontrar una escuela que se fundamentara sobre los pilares del respeto por los principios básicos de la vida: el valor de aprender lo sencillo a través de la experiencia personal, el apreciar el regalo de ser enseñado por maestros de vocación, de esos que disfrutan con ver crecer a nuestros hijos.
Cuando estaba buscando ese lugar, que sería el segundo hogar de mi hijo, pasé por la Escuela Montessori; de oídas sabía que era un lugar diferente y con muchas críticas a su favor y alguna en contra.
Mi primera sorpresa fue que me abrió la puerta una niña, a la que pregunté dónde estaba la secretaría. La criatura, con sus ojos llenos de vida, me dijo: "Ven, yo te acompaño". Un montón de niños curiosos se acercaron para enterarse de lo que yo quería.
Por la apariencia del lugar, aquello era una auténtica escuela del siglo pasado; olía a casa antigua, a madera, a libros viejos. En la espera, vi pasar a un señor mayor, en pantalón corto y con una herramienta en la mano Pensé que era el señor de mantenimiento y mi sorpresa fue cuando me enteré que era ’El Mae’, maestro retirado, dueño y alma del lugar.
Él no lo sabe, pero a partir de ahí me enamoré de todo lo que él representa en la enseñanza, que es como yo la entiendo.
Mi hijo Luis, que entró con una enorme timidez que le impedía romper a hablar, como otro niño de su edad, encontró todo el apoyo en su primera profesora, Cristo, una mujer joven y maravillosa maestra, que supo ganarse la confianza del niño desde el principio y que hasta fue capaz de acompañarme a la logopeda, para ver qué pautas debería ella aplicar en clase, para realizar ejercicios fonéticos con el pequeño. A los pocos meses mi hijo no sólo hablaba, sino que se había vuelto más seguro y empezó a crecer por dentro en seguridad.
Aprendió a leer con cinco años, yo me enteré por casualidad, una noche leyéndole la historia de Bambi, me miró con sus preciosos ojos negros y me dijo: "Hoy te lo cuento yo". Ante mi asombro, empezó a leer de corrido. Yo, incrédula y pensando que lo sabía de memoria, le hacía leer párrafos diferentes del libro. Definitivamente y sin lugar a dudas, mi hijo ya sabía leer.
La enseñanza es un todo integral, formación intelectual y moral, y se acompaña de respeto, buen humor, y mucha vocación por parte de padres y profesores.
No podemos soltar a nuestros hijos en cualquier colegio de moda o de élite y echarnos a dormir. Si yo me hubiese quedado con la impresión de un edificio poco convencional, frente a esos otros deslumbrantes centros escolares de diseño, con canchas y piscinas que presuponen una garantía para nuestros hijos.
Yo que he probado de los dos tipos de centros y me quito el sombrero ante el colegio de mi hijo y todo su personal, desde ’El Mae’ y su maravilloso concepto de la educación y la humanidad y gran preparación de su equipo, desde los profesores, pasando por el personal de comedor y terminando por Fátima y Manolo, de secretaría. Gracias de todo corazón. |