LEOPOLDO FERNÁNDEZ CABEZA DE VACA
Adiós a José Antonio Cebrián
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Tras pedir perdón y disculpas a médicos y conocidos que le asistieron los últimos días, José Antonio Cebrián Latasa se ha ido en silencio. Tan sencilla y modestamente como había vivido. Sin querer molestar más que lo estrictamente necesario, casi diría lo imprescindible, gracias a ese carácter tan suyo, tan tozudo, pero que fue virtud en tiempos difíciles. Deja muy buenos e incondicionales amigos y también algunos enemigos -sí, enemigos, no rivales o discrepantes adversarios-, que nunca le perdonarán su sistemática salida a la palestra para puntualizar cualquier desviación de lo que consideraba irrefutable verdad histórica.

Llevaba años luchando a brazo partido contra un cáncer que lo tenía invadido. Le ganó unos cuantos meses de vida con su traslado al hospital Doctor Negrín de Las Palmas, donde los tratamientos resultaron aparentemente eficaces. Por eso le dio tiempo a investigar como nunca lo había hecho, y a escribir y escribir sin denuedo, consciente quizás de que le llegaba el final (esta misma semana, los lectores de DIARIO DE AVISOS han podido leer sus dos postreros trabajos, dedicados a Mariano Gambín y a Alonso Fernández de Lugo). Ya en Santa Cruz, el mal avanzó deprisa y acabó derrotándolo en la madrugada de ayer, en la que murió dulcemente, con plena lucidez, en el Hospital del Tórax.

Este aragonés de 63 años estudió Matemáticas, carrera que no llegó a terminar porque el azar le trajo a Canarias. Aquí se enamoró de la Historia de las Islas y se hizo investigador, seguramente el mejor de todos. Consumado especialista en mineralogía, economía, Derecho Civil y Derecho Canónico -que estudió en Madrid-, su verdadera debilidad era Canarias. Tenía una memoria infalible, tal y como dijera Kafka de las personas de carácter, y una cultura inmensa, incomparable. Conocía al dedillo multitud de legajos sobre el Archipiélago, sobre todo del siglo XVI. Fruto de esos conocimientos y de un talento irrepetible son algunos de sus trabajos, como los poblamientos de Lanzarote y Fuerteventura -que deja inacabados-, el Diccionario Biográfico de Guanches o el de Conquistadores de Canarias, de obligada consulta para los especialistas.

No soportaba la injusticia, la mentira ni las medias verdades sobre las Islas. De ahí su sistemática batalla contra los fabuladores e inventores de mitos y leyendas, a los que no daba tregua con esa visceralidad tan suya para oponerse a la frivolidad histórica o a la superficialidad para crear conciencia de una falsa identidad. "Una mentira -decía, emulando a Martín Lutero- es como una bola de nieve: cuanto más tiempo se le hace rodar, más grande se vuelve".

Polemista tremendo pero honrado y generoso, sus periódicas visitas a la Redacción del DIARIO DE AVISOS eran un revulsivo por su cordialidad y su campechanería. Siempre tenía palabras amables y de ánimo para todos, incluso cuando supo que sólo le quedaban días de vida -"horas quizás", llegó a decirme por teléfono poco después, en una despedida inolvidable-. Su adiós nos deja huérfanos de conocimiento y con el dolor que siempre lleva consigo la muerte de un gran hombre, un gran intérprete de la realidad y del pasado de las Islas. Y, además, un amigo.
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