La cruda realidad se impone. El secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, parece haber tirado la toalla en el contencioso del Sahara al reconocer la incapacidad de la ONU para resolver un conflicto que dura ya 30 años y en el que esta organización ha intentado mediar desde hace 15, cuando se declaró el alto el fuego entre el Frente Polisario y Marruecos y comenzó a funcionar la MINURSO, la misión de la ONU en la región que ha costado miles de millones de dólares y no ha podido llevar a cabo su principal objetivo: el referéndum de autodeterminación.
Annan reconoce que a la ONU se le han acabado las ideas y lo único que puede hacer es mantener la Minurso en marcha para dar apoyo moral y humanitario a las partes y que el Polisario y Marruecos negocien directamente y sin condiciones previas, algo que se atisba casi imposible. Si Rabat no ha aceptado los sucesivos planes sugeridos por el estadounidense James Baker, que proponían una autonomía durante cinco años y luego un referéndum, cuesta creer que ahora se vaya a sentar en una mesa a negociar sin condiciones con sus enemigos. Así que cabe pensar que la intransigencia y el nacionalismo marroquí han prevalecido sobre el derecho a la autodeterminación de los pueblos.
Y si la ONU no va a proponer nuevas soluciones ¿quién lo hará? Es seguro que las miradas saharauis se dirigirán a Madrid, la antigua metrópoli y potencia administrativa, según Naciones Unidas, pero el Gobierno de Zapatero parece previsible que se una a la opción de la ONU lo que le permitirá mantener su discurso sobre el apoyo a esta organización y, de paso, ahorrarse el presionar al amigo marroquí y limitarse a animar al diálogo pero sin proponer ninguna solución nueva.
Se hablaba de un conflicto estancando, pero la situación empeora y las opciones se reducen cada vez más: o la continuidad en el exilio, con el peligro de que la paciencia se colme (especialmente cuando ha aumentado la represión y la violación de los derechos humanos en la zona saharaui que controla Marruecos) y el peligro de que reaparezca de nuevo la violencia, o la aceptación de una autonomía por parte de los saharauis que supondría el fin de un sueño por el que llevan 30 años luchando, mal viviendo y, muchos de ellos, muriendo. |