Nacionalización en Bolivia
FRAN SEVILLA
En el siglo XIX un embajador inglés fue humillado y expulsado de Bolivia como represalia por las crecientes ingerencias del Imperio Británico en los asuntos internos del país. La Reina Victoria ordenó a sus colaboradores que borraran a Bolivia del mapa como una forma de negar su existencia y olvidar lo sucedido.
Pero esa fórmula del "ojos que no ven..." parece hoy poco efectiva. Bolivia siguió existiendo y siguió deslizándose hacia el permanente golpismo y la miseria de la mayoría de su población, de origen indígena, las dos características más destacables de la historia del país desde que se independizó de la Corona española.
Intentar borrar hoy a Bolivia del mapa, borrar no sólo su contorno sino su realidad y su presente, sería también un error. El país es una realidad compleja y con múltiples aristas, pero no tiene por qué ser una realidad perjudicial para los otros ni, lo más importante, para los propios bolivianos. Dependerá de cómo actúe el presidente Evo Morales y, también, de cómo se le permita actuar desde el exterior.
Las nacionalizaciones de sectores estratégicos no son ni buenas ni malas por definición. Depende de cómo se gestione lo nacionalizado. La mayoría de los países que cuentan con grandes recursos en hidrocarburos, desde América Latina al Oriente Medio, pasando por el norte de África, los tienen nacionalizados. Es decir, son de titularidad estatal, son un bien público.
Pocos parecen estar en desacuerdo con ello ni significa que las grandes compañías petroleras no puedan operar y obtener considerables beneficios. Lo hacen en Argelia, en los Emiratos Árabes o en Venezuela. Y nadie considera que se esté desamparando jurídicamente a esas empresas.
En Bolivia ya hubo dos nacionalizaciones anteriores, en 1937 y 1969. Al final, las presiones de las grandes compañías condujeron a una nueva privatización. La cuestión fundamental es saber cómo se van a gestionar los recursos nacionalizados, el petróleo y el gas.
En Venezuela, en los años del boom del petróleo, en la década de los 70, un presidente socialdemócrata, Carlos Andrés Pérez, dilapidó los inmensos beneficios generados por el petróleo venezolano con una gestión no sólo nefasta sino ampliamente corrupta.
Ese es el gran reto al que se enfrenta hoy Bolivia. Si el Gobierno de Evo Morales gestiona adecuadamente los recursos, y eso probablemente pase por una buena colaboración con empresas que tienen experiencia en el sector, la nacionalización habrá sido un éxito para los bolivianos, que saldrán beneficiados. Y nadie puede criticar que los ciudadanos de un país se beneficien de los recursos de ese país.
Si la gestión nacionalizadora es mala, poco profesional y corrupta, entonces el desastre será -con toda seguridad- monumental. Pero en este caso algo no cambiaría: la población boliviana seguirá siendo una de las más pobres del mundo, algo que tampoco han cambiado las empresas extranjeras pese a décadas de inversiones y beneficios.
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