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LA CONTRAPORTADA
OD
JAIME PÉREZ-LLOMBET

Que Canarias esté lejos o no, aislada o no, distante o no, perdida o no, es algo que nosotros decidimos. Allá la geografía con sus lejanías y kilometrajes, y allá los cartógrafos con sus cartas o el océano que nos empapa con sus montañas de agua, paciencia y sal. Allá ellos con sus mapas y acá, en estas islas que no aprendieron a quererse bien, pleamares de talento que no pueden renunciar al mundo que está esperándoles ahí fuera.

La distancia tiene más de actitud que de horas de viaje, y, en esa realidad más psicológica que topográfica, somos los canarios quienes en última instancia decidimos si estamos o no estamos, si somos o no lo somos, si lejos o cerca, si ayer o mañana, si puerta que abre o cierra, si muro o atajo de agua que nos acerque a todas partes, si internet es sólo para asomarse al planeta o una ventana al mestizaje del conocimiento o la ubicuidad del talento que la red permite. Que la isla sea mar adentro o afuera de nosotros depende. En nuestras manos está que las capitales de la cultura estén a una distancia u otra, o que París esté donde está, donde queremos que esté o allí donde Óscar Domínguez quiso estar.

Su obra, su insuficientemente dimensionado compromiso político (gracias, Pedro Lasso) y toda su trayectoria demuestran que la situación de los canarios es algo que no está en brazos de las millas marinas o la aeronáutica, sino de la voluntad o no de estar allí donde queramos estar. Como está viéndose estos días en París (con la presentación de su Centenario en esta ciudad), Óscar constituye una magnifica oportunidad –o una coartada fabulosa, si se prefiere- para abrirnos al mundo. Para mirar más allá de nosotros y, entre otras cosas, para constatar que OD no encontró Atlántico que lo ahogara. Cuando la isla se ve como parte y no como un todo -a sus ojos, así fue- ni siquiera un contexto tan pantanoso como el que Óscar vivió impide que la poética salga a la superficie como lo hace la lava: sin darse prisa, deslizándose con modestia pero incontestablemente. Siempre en el límite de la realidad y los sueños, de lo que es y puede ser, OD constituye un espejo al que asomarnos, una figura que ahora sí el Gobierno está poniendo en su sitio, una playa de arena negra -como la que lo vio crecer- que merece ser bañada por todas las aguas, por todas las olas, por los que hasta ahora no la hayan pisado.
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