MARIA REYES GARCÍA TRUJILLO *
Érase una vez... La esperanza
Érase una vez en un país no muy lejano, no hace mucho tiempo, que una madre, ansiosa por el futuro de su hijo, le preguntó al padre de la teoría de la relatividad, qué podría darle a leer para estimular sus capacidades intelectuales y que fuera un hombre de ciencia, ¡cuentos! le respondió Einstein, muy bien, pero ¿que más? ¡más cuentos! le respondió él...Como sabio, Einstein, mostraba su conocimiento del poder de los cuentos populares, de los cuentos de hadas, y de los numerosos dones que éstos otorgan a los humanos. A nadie se le ocurre citar a Perrault, a los hermanos Grimm o a Andersen como creadores de joyas literarias, obras cumbres del pensamiento humano, sin embargo, grandes pensadores han intuido e intentado descifrar la importancia de los cuentos de hadas, rescatados de la tradición o creados por estos "cuentistas".
El cuento de hadas se nos presenta como un relato "de toda la vida" tan sencillo...y sus autores, considerados de "género menor", sin embargo ninguna otra literatura, moderna, creativa, didáctica... pero superficial, ejerce un efecto en la sensibilidad de los niños como lo hacen los personajes, las historias, a veces terribles, de los cuentos tradicionales. ¿Qué encierran estas historias, aparentemente menores? ¿Qué hace que perduren en lo esencial, hasta según los datos, miles de años algunas de ellas? La respuesta está en la fuerza que transmiten esos relatos, una fuerza que está por encima de la modestia de la forma, y la contribución inestimable que con su contenido hacen al desarrollo saludable del niño.
Efectivamente, en un lenguaje accesible, el niño tiene acceso a unos personajes con los que se puede identificar, recibe lecciones de la vida en un lenguaje muy parecido al lenguaje de los sueños, en donde todo es posible..., pero si nos paramos a pensar, tan posible como en la vida real. Abordan las situaciones que más puede temer un ser humano y enfrentan al niño con ellas, en definitiva le hablan de si mismo y de sus propios miedos. Una niña y su abuela son devoradas por un lobo... un niño muy pequeño está sólo y perdido en el bosque y llega a la casa de un ogro... una niña pierde a sus padres y su madrastra ordena que la maten, en la versión más antigua manda que le traigan su corazón y su hígado... ¡para comérselos! Como en los personajes de los cuentos, el niño se enfrenta a angustias terribles y los cuentos de hadas recojen con acierto los problemas existenciales básicos: La necesidad de amor, el miedo al vacío, a la soledad, al abandono, a estar perdido en la vida, sin rumbo, sin sentido, a estar indefenso frente a la agresión o a no sustraerse a los propios impulsos agresivos y destructores, que hay también en todo ser humano, y llegar a ser un ogro o una bruja mala, que lo destruye todo...
En los cuentos, el niño encuentra personajes muy definidos muy buenos o muy malos. A través de identificarse con el héroe interioriza e identifica con claridad valores sociales y personales necesarios para su desarrollo y decide qué quiere dejar crecer, fortalecer y estimular dentro de sí mismo y qué es rechazable y debe frenarse, restringirse. Y por supuesto es mucho más atractivo elegir el lugar del héroe bueno, que además... siempre termina mejor que el malo.
El niño, en definitiva, aprende que su vida, como la de todo ser humano, no será fácil y conllevará dolor, pruebas a veces terribles, angustias a veces inexplicables, pero que enfrentando esas situaciones difíciles, al final podrá salir victorioso como el héroe de los cuentos, y como dijo Bruno Bettelheim. "Los cuentos de hadas ayudan al niño a obtener un sentido esperanzador de la vida a partir de los estrechos límites de nuestra existencia y después de nuestras dolorosas pérdidas, separaciones, encontrar un vínculo realmente satisfactorio con otra persona, diferente de nuestros padres", con la que vivir felices y comer perdices.
Maria Reyes García Trujillo es médico psiquiatra y psicoterapeuta.
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