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LA CONTRAPORTADA
Asaltos
JAIME PÉREZ-LLOMBET

Creímos que era el pasado y resultó que lo que teníamos delante era el futuro. Pensamos que las alambradas electrificadas que envolvían las mejores casas de Port Elizabeth o a los chalets de las áreas residenciales de Johannesburgo eran cosa de otros mundos; que las urbanizaciones blindadas de Tegucigalpa o las viviendas fortificadas de La Ceiba, en la costa hondureña, pertenecían a realidades que nos eran ajenas; que los hoteles paramilitarmente custodiados de Caracas o que el atrincheramiento en algunos caserones de Panajachel y Chichicastenango, en el imprevisible interior guatemalteco, eran infiernos que ardían muy lejos del bienestar europeo al que decíamos pertenecer o creíamos pertenecer.

La noche de Tegucigalpa nos enseñó a dormir con un tipo armado sentado en la escalera, a ser cacheados por guardaespaldas en los bares de la madrugada o a cenar con un pistolero vigilando el jeep de Alex mientras otros dos cubrían, rifle en mano, la puerta del restaurante donde habían encañonado a los clientes horas antes. Fue en Caracas, en un local traspasado por unos amigos, donde descubrimos que los viernes tienen allí sus horas prohibidas, y que antes de que el reloj las marque debes volar por las calles sin parar en los semáforos. En algunas ciudades venezolanas y en las carreteras del interior de Guatemala hay horas malditas, en las que los salteadores de caminos cortan las vías y también la respiración; hay zonas rurales donde a una conocida la asaltaron en su casa, y ahí, en la mismísima cocina, la tuvieron una eternidad con la cabeza entre el suelo y el fusil, ella preguntando sin respuesta por los dos hijos que tenían retenidos en la habitación del fondo.

En el segundo y tercer mundo la gente se esconde en los centros comerciales porque las calles son plantas carnívoras, y algunos viven en cámaras acorazadas que los alejen del caos que se retuerce al otro lado. Ahora que todo aquello entra en nuestra realidad a golpe de asaltos y secuestros-exprés en Cataluña y otras, me huelo que reaccionaremos como allí; que quienes puedan se refugiarán en colegios, urbanizaciones, sociedades o espacios fortificados y que el resto sobrevivirá en ciudades convertidas en centros de retención. Sí, creíamos que era el pasado y lo que teníamos delante era un futuro de romanos y bárbaros, de acorazados y abandonados a su suerte.
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