El cayuco del abuelo
VANESSA DEL CRISTO
Las cosas andan mal por Canarias. Los inmigrantes llegan por miles a las costas, colapsando los sistemas sanitarios, atestando los albergues y asombrando a los turistas. No se puede negar que es un problema y grave. Pero, los acontecimientos de hoy no deben ser juzgados sin valorarlos desde la perspectiva del ayer.
El pasado 25 de mayo los informativos nacionales divulgaban una imagen horripilante, la más trágica probablemente, del fenómeno cayucos de Canarias: 32 menores de color, llegados en embarcaciones ilegales, que eran trasladados a un albergue del norte de Tenerife, fueron recibidos por los vecinos con insultos e improperios. La policía tuvo que intervenir para defenderlos. "No somos racistas, pero no queremos a esa gente en nuestro barrio porque seguro que será el principio y vendrán muchos más y esta zona es muy pequeña y queremos vivir tranquilos", dijo un vecino, añadiendo que temía por "las posibles enfermedades que puedan traer los inmigrantes". ¿Qué imagen de Canarias estamos dando a toda España?
Soy canaria y joven, mucho más joven que los que aparecían en la pantalla abucheando a aquellos pobres niños asustados. Y, sin embargo, tengo memoria. La memoria de lo que no viví, pero pasó. La que me han contado mis abuelos, la memoria de tantos canarios emigrantes que tuvieron que huir de las islas en busca de sustento.
Fueron auténticas avalanchas, sobre todo entre 1931 y 1936 y, posteriormente, entre 1948 y 1950 es incalculable el número de barcos fantasma que durante el período franquista pudieron salir de las Islas. Así los llamaban. Barcos fantasma que, a pesar de no tener capacidad para trasladar a más de 50 personas, a menudo acarreaban con más de doscientas. Cientos de canarios y canarias que hacían un viaje trasatlántico hacinados en bodegas de buques insalubres, que a menudo se quedaban sin agua y sin comida.
Es imposible saber cuántos murieron en el intento, porque los que lo hacían eran arrojados por la borda para evitar enfermedades. ¿Cuántas mujeres quedaron esperando para siempre noticias de sus maridos? Noticias que nunca llegaron, como ellos no lo hicieron a las costas americanas. Durante la primera etapa de emigración, los que tenían la suerte de llegar con vida, eran recibidos en América, principalmente en el puerto de La Guaira (Venezuela), con los brazos abiertos. Los de la segunda época no tuvieron tanta suerte, pues, tras la reanudación de las relaciones diplomáticas entre Venezuela y España, los canarios eran recibidos como harapientos a los que ponían en cuarentena antes de dejarles entrar en el país, o envidados a cárceles en la Isla de la Orchila, El Dorado y Guasina.
El viceconsejero de emigración del Gobierno de Canarias recordaba hace tan sólo un mes que entre 800.000 y un millón de canarios, fruto de aquellas emigraciones, viven aún en el extranjero; a los que hay que sumar todos los que volvieron huyendo de las crisis americanas. ¿Se nos ha olvidado? Se trata de nuestros padres y nuestros abuelos. Padres y abuelos que en su momento eran hijos y maridos, huyendo de la miseria, buscando una salida para sus familias. ¿Cómo nos sentaría escuchar que los insultaron, que los llamaron delincuentes, que los despreciaban por miedo a contraer enfermedades? ¿Qué diferencia a los canarios que emigraron de aquella manera de los que hoy llegan a las costas canarias en más o menos las mismas condiciones? Yo sólo veo una: el color de su piel. Y no quiero pensar que es ese el motivo de la discriminación, pero se me hace hasta más duro imaginarme que las causas están en el olvido, en el acomodamiento que produce la sociedad de consumo y en la deshumanización de los canarios con la prosperidad.
"Nosotros íbamos a trabajar y no nos metíamos con nadie", escucho decir a muchos para excusarse de su actitud. ¿A qué pensamos que vienen los inmigrantes de hoy? ¿Realmente creen posible que alguien se juegue la vida en el mar, en travesías sin la más mínima seguridad, para venir a delinquir? No, señores, los delincuentes no viajan en pateras. Si quieren evitar la delincuencia, mejor espérenlos en el aeropuerto. Espero que nunca tengamos que vernos en la situación que vivimos antaño, pero de ser así, más nos vale que al otro lado de la frontera que toque no nos encontremos el rechazo y las descalificaciones que hemos visto en nuestra tierra, en Canarias, la tierra de emigrantes. Esa que llevo por bandera de humildad, respeto y libertad a donde quiera que voy.
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