El Cambullón
 
Recuerdos de un juez
Jose Luis Sánchez Parodi
El coro

Aquel curso -quinto de Bachillerato- no empezó como todos, a principios de octubre, sino algo más que a mediados. En verano, el 18 de julio, se había producido el levantamiento de los militares, pero ya en esa fecha de otoño que indico, sorprendentemente, habían normalizado la vida de la ciudad, y podemos decir que funcionaban todos los servicios con toda perfección, los mercados, las tiendas, los transportes, los colegios nacionales, el trabajo, el comercio y la industria. Lo único que quedó cerrado fue la Facultad de Medicina, porque sus estudiantes habían sido movilizados, y por tanto en todos los lugares españoles quedó suspendida sine die la vida universitaria.

Y nos encontramos los compañeros de curso con una gran alegría después de los terribles meses de represión, que en aquel verano se habían mitigado, y a poco tiempo se celebraban consejos de guerra, precisamente en la Facultad cerrada, mientras nosotros -quince años de edad de promedio- veíamos la lucha, muy lejos ya de Cádiz, por la sierra de Málaga, y contagiados por las normas de la propaganda en torno a exigirnos el máximo rendimiento para aquella España nueva, que entre todos debíamos de construir.

Fue el tiempo de numerosas iniciativas, compatible con los estudios, y a esos efectos con el director de Bellas Artes, que se llamaba don Pelayo, y era rotario, ahondábamos en el suelo que rodeaba la ciudad para ver si encontrábamos en aquellas tardes de invierno, restos de ruinas fenicias y romanas. Con un íntimo amigo mío, que aún vive, fuimos a realizar trabajos de auxiliares de biblioteca, al ayuntamiento de la ciudad, y conocimos el tamaño técnico de los libros, su selección, bajo la extraordinaria educación, del bibliotecario -archivero del centro, que interinaba también el profesorado en el instituto.

A veces participábamos también en pedir chatarra para el ejército, que trasladábamos a los centros destinados al efecto, y aparte la práctica de deportes que eran nuevos para nosotros -atletismo, lanzamiento de jabalina- se nos dirigió al conocimiento de la música, para lo que nuestro curso, que también coincidía con aprender a remar, que fue el primer fracaso que tuve, inhábil, 'manitas' ya para la destreza, escasa habilidad con las manos.

La selección para el coro proyectado -la capital, en su clase obrera, tenía fantásticos coros carnavalescos, como fueron "Las viejas ricas de Cádiz", a principios del siglo XX, o los "Beatles de Cádiz", remedio modernista en las últimas décadas- estaba destinada a voces cantoras de la música clásica, y nos reunimos bajo la dirección de un prestigioso músico de Cádiz, que era el señor Gálvez.

La canción que escogió de ensayo era un himno a Cádiz, con música suya y letra de Pemán. Aún recuerdo la canción, que me repito en la soledad de mi voz, ahora objeto de un infarto. Pero se conoce que ni infarto, ni nada, porque la realidad es que no tenía condiciones para el cante. Y fui de los primeros eliminados. ¡Cuánto sufrió mi vanidad de niño que todo lo hace bien.

No es que yo pretendiera ser un Carusso o un Benjiamino Gigli, pero como tenía una gran memoria musical y recordaba todas las letras, me parecía que con un poco de benignidad podía haber pasado. Y me quedé excluido del grupo, que lo integraban mis amigos más íntimos, algunos de los cuales eran extraordinarios, bailando claqué a lo Fred Astaire, mientras mis piernas se negaban a danzar aunque, dicho sea de paso, me servían para meter goles en el fútbol.

La moral, el entusiasmo, el común esfuerzo para colaborar en la empresa que se nos prometía, no decayó en ningún momento de la contienda. Bien es verdad que en ese octubre creíamos que no había guerra, sino unas operaciones del Ejército de Legionarios y Regulares, principalmente, como fuerzas especiales que marchaban sobre Madrid. Y que el Alcázar -símbolo de la resistencia hecha por la Guardia Civil-, los cadetes estaban de vacaciones, había dado lugar a una inmensa manifestación popular.

Y que se estimaba en Cádiz, que el 7 de noviembre de 1936 -fecha de la Revolución Rusa- se conquistaba Madrid, y se terminaba la guerra. Los balcones de las calles del centro de la ciudad lucían banderas y colgantes patrióticos y nombres en loor de los jefes militares.

Llegó el 5, el 6 y cuando advino el 7, Radio Nacional, por la noche, daba un parte de guerra sin importancia. Mas igual sucedió con los días siguientes. Y el silencio oficial y el desaparecer las colgaduras de la balconada, nos hizo entrar en sospechas de que la conquista de Madrid había fracasado. Luego los rumores hablaron que habían resultado heridos el general Varela, el teniente coronel Tella y el comandante Castejón. Y entonces "se nos cayeron los palos del sombrajo". Porque se entraba de verdad en una guerra que iba para largo.