Carlos Padilla
Clorofila
En La Laguna el peligro acecha desde las alturas. Sobre las cabezas de los viandantes, la amenaza está siempre presente en el lugar menos esperado. Golpea sin avisar, cuando hay temporal o si pega el alisio. Los árboles, un buen día, decidieron recuperar lo que era suyo: el pantano, los barrancos y las extensiones de tierra virgen. Conspiraron para volver a llenar la ciudad de charcos -extinguidos bajo el asfalto- y para restablecer las fincas de nispereros. Y lo hicieron a golpe de rama y de hoja, dejándose caer sobre el suelo, quebrando sus brazos aposta para golpear las aceras. Nos habían declarado la guerra y respondimos. Empuñando la motosierra, mutilamos al enemigo y le arrebatamos las armas. En ocasiones los arrancamos de cuajo. Otras veces, amparados en el desarrollo, taladramos la tierra y les cortamos las raíces sin que se dieran cuenta. Al poco tiempo enfermaron y cuando estaban lo bastante debilitados nos los llevamos. Y así, ya no están en Quintín Benito, ni en la plaza del Cristo. Tampoco en la avenida Seis de Diciembre, ni en la de la Trinidad. En el Adelantado los tenemos controlados y han depuesto las armas. El final de la batalla está cerca. Hicimos algunos prisioneros y los esclavizamos. Los condenamos a permanecer el resto de su vida en una maceta, alineados en las mismas calles en las que antaño crecían sin control, a la vista de todos. Moldeamos sus copas a nuestro gusto y sólo elegimos aquellas especies que, por su tamaño, no pudieran suponer una futura amenaza. Ridiculizados y empequeñecidos, pronto abandonaron la resistencia. Y se rindieron. Poco después ilegalizamos la clorofila. Perseguimos a toda planta, a todo vegetal sospechoso de poseerla. Aniquilamos a los pocos esclavos que habían sobrevivido a la cólera de los ciudadanos, en su condena callejera, y ascendimos a las montañas en busca de los últimos enemigos. Armados con hachas y sierras terminamos para siempre con ellos. La amenaza por fin había cesado. Hoy el viento no silba entre los árboles y no hay reuniones peligrosas bajo un olmo. Los pájaros no anidan en los troncos, ocultos tras las hojas, y la policía ha dejado de rescatar gatos en las alturas. Hoy el sol golpea de lleno el suelo de las plazas y el viñátigo no proyecta sombra. Ahora nos sentimos seguros.