El Cambullón
 
Treinta y tantos
Juan Manuel Bethencourt
La Casa de África como ejemplo

Tomar decisiones en Canarias supone afrontar una realidad, la división provincial y el recelo entre Tenerife y Gran Canaria, ante la que resulta difícil manejarse. Simplemente no se la puede ignorar, pero tampoco es posible -tampoco sensato- convertirla en el principio y el final de todas las cosas. En cualquier caso esta evidencia supone una carga añadida para la gestión de la cosa pública en las Islas, y fuerza a los gobernantes del Archipiélago a emplearse en un equilibrismo permanente y, además, múltiple: hacia dentro, con piruetas permanentes que no suelen dejar contento a nadie; hacia fuera, haciendo pedagogía con dirigentes asombrados por nuestra capacidad para el enredo. Cuentan los padres del Estatuto de Autonomía que Alfonso Guerra, entonces todopoderoso vicepresidente del Gobierno e intocable vigilante en el PSOE, descartó de un plumazo la pretensión canaria de establecer la capitalidad compartida entre Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria, una decisión salomónica que Guerra consideraba el reflejo de un simple conflicto oligárquico. Alguien en el socialismo canario tuvo la agilidad suficiente -y otros en sus filas respectivas, léase la UCD- para convencer a Guerra y caminar hacia una solución que, lejos de ser la ideal, resultaría la única posible en esta tierra adicta al retrovisor.

Así las cosas, la dinámica pleitista revive cada cierto tiempo, alimentada por la razón -las menos veces-, el sentimiento, el oportunismo o la abierta hipocresía, por las cuestiones más diversas y en ambas direcciones, pues el tipismo canario pasa por aplicar el origen del pleito y sus más bajos instintos a la parte contraria, en un ejercicio, este sí, definitivamente inútil. Ocurre por ello que cada nueva iniciativa relacionada con el Archipiélago ha de pasar forzosamente por el tamiz de la doble capitalidad para resultar aceptable, y ese es el motivo por el cual la apertura cercana de la sede de la Casa de África en Canarias, más concretamente en Las Palmas, ha provocado más controversia que regocijo; tanto más en Tenerife, en la medida que los argumentos expuestos en esta isla no fueron suficientes para doblegar la voluntad del ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, quien nunca vio con buenos ojos el reparto de funciones de ese organismo entre las dos capitales isleñas. A cambio, Exteriores, con la ayuda del Gobierno canario, ha planteado un par de iniciativas interesantes para Tenerife, pero que, planteadas en forma de compensación, sufrirán cierto recelo durante un tiempo, dado que es igualmente cierto que en cuestiones pleitistas se juega tanto con las expectativas como con las realidades. A estas alturas poca gente sabe de qué será capaz la aún no inaugurada Casa de África; en todo caso ya estamos con la mosca detrás de la oreja.

Para racionalizar el asunto, algunas buenas cabezas de la Cámara de Comercio tinerfeña plantearon propuestas razonables sobre el asunto. Partiendo de la base de que la elección natural situaba a Las Palmas en una posición de claro favoritismo -si habláramos de Latinoamérica, sería al revés-, la argumentación tinerfeña planteaba una oferta interesante. Haciendo bien las cosas, la Casa de África puede ser un potente emisor de actividad económica, cultural y formativa, al menos si se sigue el modelo ya en funcionamiento con la Casa de América en Madrid y la Casa de Asia en Barcelona. La sola contemplación de las páginas oficiales en Internet de ambos organismos públicos (www.casaamerica.es y www.casaasia.es) es una buena muestra de hasta qué punto esta clase de instituciones pueden actuar como dinamizadoras de iniciativas que procuran un claro retorno a la sociedad en la que están instaladas. Por ello la Cámara tinerfeña planteó con buen sentido la división de responsabilidades, concediendo a Las Palmas las tareas en materia económica y comercial -ciertamente más relevantes en la isla vecina- y trayendo a Tenerife funciones en materia de cooperación al desarrollo y cultura, que gozan en esta isla de una buena base humana y técnica para operar. No parece, ciertamente, nada del otro mundo ni una propuesta disparatada, pero defendida de modo insuficiente por una sociedad, la nuestra, que tampoco atraviesa su mejor momento de confianza y creatividad. El resultado es el nulo eco que la idea tuvo en el ámbito de decisión, que no era otro que el departamento dirigido por Moratinos.

¿Y ahora qué, cabría preguntarse? Pues se hace forzoso garantizar que el movimiento originado en esa nueva entidad implicará no sólo a la isla de Tenerife, sino a todo el Archipiélago, y que lo hará del modo más eficaz posible. Ello sería una garantía de eficacia no sólo desde el eterno punto de vista del pleito, sino que la propia Casa de África sería la gran beneficiada por un decidido espíritu integrador, algo que no deberán obviar sus primeros responsables. Porque con la misma energía hay que dejar claro una vez más que los monopolios nunca son buenos, porque igual de nefasta resultaría una Casa de África con sede en la provincia occidental pero sometida a los intereses particulares, sumida en la oscuridad, entregada al absolutismo de cualquier fariseo. Incluso, desde cierto punto de vista aquí se puede asegurar que todo este asunto se nos muestra como perfecto modelo de cómo no se pueden ni se deben defender los intereses de la isla capitalina occidental. Se comete un error de bulto, e incluso una deslealtad con la tierra a la que se dice amparar, cuando junto a los rasgamientos de vestiduras y las imprecaciones desquiciadas relacionadas con la Casa de África, sin ir más lejos en las mismas páginas del mismo periódico, aparecen llamamientos igual de histéricos en contra de la población africana instalada en la Isla, a la que se acusa genéricamente de diversos males caricaturescos, desde la higiene doméstica a las prácticas religiosas. Esta repugnante combinación entre caudillismo y xenofobia no es, qué duda cabe, la mejor receta para defender los intereses de Tenerife con el énfasis y la credibilidad que el siglo XXI recomienda. Claro que aquí una vez más toca hablar de los hipócritas, de aquellos que se envuelven en la bandera de Tenerife y no la comparten con nadie, pues solamente la quieren como alimento para su propia obsesión y negocio.