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Coalición
Canaria (CC) afronta este fin de semana un congreso marcado por
los acontecimientos políticos de las últimas semanas, que han abierto
una nueva etapa en el Archipiélago con los nacionalistas como ocupantes
en solitario de un Gobierno que, por otro lado, se enfrenta a una
notable incertidumbre parlamentaria por su condición de fuerza minoritaria
en la Cámara regional. Es en este contexto en el que la formación
presidida por Paulino Rivero -con todo a favor para repetir en el
cargo, pese a la existencia de voces críticas hacia su gestión-
se mide a sus propias contradicciones internas, que han sido numerosas
en los últimos tiempos, hasta el punto de haber provocado la salida
de sus filas de destacados dirigentes, entre ellos el anterior presidente
del Gobierno autonómico, Román Rodríguez. El lema del cónclave nacionalista
apunta a la recuperación de la unidad interna, por un lado, y a
un avance en la estructura orgánica, con la conversión en partido
único como telón de fondo. Sobre ambos asuntos vamos a extender
el comentario.
La crisis entre sus diferentes facciones, vinculadas en muchos casos a los conflictos interinsulares, han marcado la historia más reciente de la organización nacionalista, que siempre ha llevado consigo el lastre de la confrontación. Curiosamente, esta circunstancia no le ha impedido obtener magníficos resultados electorales, en unas islas mejores que en otras y superiores en los comicios regionales y locales que en los estatales y europeos. En todo caso, la inestabilidad interna ha tomado posiciones desde la primavera de 2003 y dura hasta hoy, provocando de paso un claro deterioro en la imagen de una fuerza política que ocupa el poder en las Islas desde hace más de una década, con todo lo que ello conlleva.
A estas alturas, los nacionalistas ya deben saber -también en la organización interna- que nada contribuye tanto al descrédito de la política como la refriega entre compañeros de filas. La reflexión es muy simple: quien no es capaz de gobernar su propia casa, malamente podrá ocuparse de los asuntos que interesan a todos. Y la crisis de CC se ha llevado por delante, de entrada, la primera mitad de la legislatura autonómica, tal y como reconoció el propio presidente del Ejecutivo canario al afirmar hace meses que el ruido interno hacía imposible la explicación de su acción de gobierno.
La confesión de Adán Martín resulta muy reveladora al respecto, de modo que en esta nueva etapa política, con más motivo si cabe, CC debería actuar como un motor para la tarea del Gabinete, y no suponer un lastre como en los tiempos recientes. Ahí reside el primer reto de este congreso nacionalista, con independencia de quién esté dentro y quién fuera del poder en la coalición. Las voces que han apuntado a la necesidad de cerrar filas y aclarar un proyecto, aun a costa de dejar fuera a los sectores díscolos o simplemente desestabilizadores, están en este caso cargadas de razones.
El segundo gran argumento de la cita nacionalista es la definición
interna como partido único, más allá de las siglas con que se ha
identificado a CC en las siete islas del Archipiélago (ATI, API,
ICAN, etcétera). Este será un propósito loable si sirve al objetivo
anterior, la coherencia interna, y si -como se anuncia- será compatible
con la existencia de liderazgos insulares capaces de trabajar en
un proyecto común para Canarias. Pero en cualquier caso, conviene
recordar que a CC se la reconoce más por la práctica que por la
doctrina, por el día a día que por los grandes pronunciamientos,
por el posibilismo que por la utopía. Y si aún hoy resulta complicado
identificar a los estandartes de CC en determinadas islas -Gran
Canaria y Lanzarote, por ejemplo-, habrá que dar por sentado que
el proceso hacia el partido único no quedará cerrado del todo en
este congreso de borrón y cuenta nueva.
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