DOMINGO CRISTIANO > POR CARMELO J. PÉREZ HERNÁNDEZ

¿Alegres o cementerio de elefantes?

«La ciudad se llenó de alegría”. Cuando aun gateaba el cristianismo, el cronista resume así lo que ocurrió en la ciudad de Samaria tras la predicación del Evangelio por parte de Felipe. Él les hablaba de Cristo y los ciudadanos se llenaban de alegría, renacían a la esperanza.

En puridad, no puede ser de otra manera. El anuncio de un Dios entrañablemente cercano, apasionadamente volcado sobre el hombre, no puede dar otro resultado. La seguridad de que las demoledoras distancias que aparentemente separan a Dios de los hombres han sido dinamitadas con el abrazo que supone Cristo es una realidad abrumadoramente optimista.

Tenemos razones para estar contentos, para cambiar el luto en danzas, para volver a casa una y otra vez con la certeza de que nos saldrá al encuentro una palabra amable pronunciada desde lo alto, y no una reprimenda. “Me faltabas tú”, nos susurrarán cuantas veces haga falta.

El Dios que se nos ofrece es amor, y esta verdad absoluta no admite matices. Ninguno. Quien pretende matizar el amor de Dios para aderezarlo con sus propias miserias traiciona la historia de la salvación. Por eso, no podía ser de otra manera: porque anunciamos que nuestro futuro no es otro que el amor de Dios, “la ciudad se llenó de alegría”.

Herederos de esa misión somos nosotros, los creyentes actuales. Se nos ha hecho el encargo de llenar de alegría cada rincón de nuestras islas. Ofrecer a Cristo, la alegría sin matices, es nuestra común tarea, y todo lo demás es secundario. Sabemos que no se nos ha encargado transmitir y perpetuar un estado de las cosas, unas simpatías políticas, una escala de valores, un pacto de no agresión. Lo nuestro es Jesucristo, encarnado, muerto y resucitado. No tenemos más mensaje que ese.

Por eso, como haría Cristo, nuestro encargo es devolver la esperanza al que se siente expulsado del banquete, compartir palabras hondas con quien busca en lo profundo de su ser razones para seguir viviendo. Nos toca ser atrevidos, arriesgados, valientes a la hora de traducir el mensaje a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Nos toca apostar a ganar para que el cirio con el que celebramos la pascua sea un faro que atrae a quienes tienen hambre y sed de la verdad, y no una antorcha con la que liquidar un cementerio de cansados elefantes, algunos muy jóvenes.

A los decepcionados de lo eclesiástico, a los eclesiásticos decepcionados, a todo el pueblo santo de Dios, a los santos que no conocen aún este pueblo… a todos se nos invita a desempolvar nuestra común vocación a la alegría, que es nuestra común llamada a experimentar la presencia de Cristo.

carmelotenerife@terra.es