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El estado de las autonomías > Domingo-Luis Hernández

Cuando oímos hablar del “estado de las autonomías” no es necio preguntarnos sobre qué hemos de interpretar por el enlace de “estado” y de “autonomías”.

Se parte de un precepto axial, que la Constitución Española consagra un modelo de Estado en el que las autonomías son sustanciales. ¿En atención a qué?, ¿a un Estado federal que no es federal?, ¿a la disposición del Estado a descentralizar el poder sin descentralizarlo?, ¿a que han de permitírsele ciertos privilegios a los señores feudales para que el Estado actúe en su caso como tal cosa?

Las dudas no son méritos de quien esta página escribe, son razonables dado el momento que España vive. De manera que otra pregunta surge: ¿hace referencia “estado” a la enfermedad o a la salud de las “autonomías”? Si así fuere, “buena salud” y contentos.

Pero ocurre que (cual confirma el actual Gobierno de España) la salud no es tan buena como fuere menester. Y más: no se trata de un mero catarro.
Así pues, lo que pone de manifiesto hoy el asunto de las autonomías no es el modelo de estado, lo que pone de manifiesto es que la situación actual de las autonomías comienza a ser un verdadero problema para el Estado.

¿Problema por qué? En primer lugar porque las autonomías no se articularon para afirmarse cada una de ellas en un Estado plural, no se erigieron sobre la base de la corresponsabilidad con el Estado.

El asunto que manifiestan es la diferencia sustancial con el Estado, no la funcionalidad del Estado en la diferencia.
Y eso significa que la convivencia de las autonomías con el Estado no lo es tal. Lo que se descubre es que cada una de ellas pretenden representar lo que el Estado representa. De donde el Estado es sólo una entidad prestataria. Exigir al Estado sin construir Estado es la cuestión, como si el dicho Estado fuera una entelequia, la gallina de los huevos de oro u otra ensoñación literaria de esa índole.

Cabe observar, pues, el asunto desde esa perspectiva. Si así fuere, cabe otra pregunta: ¿qué propicia la alta fiebre del enfermo?

Se ha dicho que fue Adolfo Suárez el artífice del trastorno. Yo no lo creo. No creo que sea espurio el hecho de que la nueva España democrática diseñara un Estado en base a las dichas autonomías. Y sin distinción, sin oponer réditos distintos a las llamadas “históricas” frente a las que no lo son. En su caso, ¿cuáles sí y por qué, frente a cuáles no? No creo que ese diseño sea erróneo. Ahora bien, sí parece evidente hoy que el Estado en cuestión no supo o no pudo diseñar el sistema con solvencia.

Por ejemplo, un Senado insustancial en vez de una verdadera cámara de debate sobre las competencias y el ser mismo de las autonomías. Repito Alemania y Estados Unidos de Norteamérica. Ahí cualquier menoscabo al Estado tiene consecuencias, desde los desajustes presupuestarios a las iniciativas atrabiliarias.

De manera que algunos de los ejemplos que en la actualidad vivimos en relación con el sistema autonómico español nos ponen los pelos de punta. Valencia, por ejemplo, en banca rota, con los fastos de las Copas del Mundo en sus puertos y las Fórmulas 1 por sus calles, entre otras alegrías.

O Cataluña, a rastras con ese nacionalismo reduccionista y ramplón que repite el complejo de inferioridad de una parte de su alta burguesía y de su clase dirigente hasta el paroxismo; esa que excluye a escritores catalanes por escribir en español o que no estudia a Borges por lo mismo, o que quiere eliminar el centro para que no señale con el dedo, o trasladarlo hasta su extremo para justificarse; o exclama: “divorcio” entre Cataluña y el resto de España si el Gobierno del Estado en cuestión no cede donde debe ceder.

Que una autonomía tal muestre como condición de supervivencia los recortes en sanidad o educación o a los funcionarios de su ámbito y que se niegue a cerrar las “embajadas” catalanas del exterior pone de manifiesto la ruina de su crédito.
Genial, entonces. España sirve en esos casos para tener un equipo de fútbol (el Barcelona o el Athletic de Bilbao) en primera división, para vender cava por Navidad, recibir el néctar de Europa y del Estado mismo y no para la corresponsabilidad dicha.

Toda maniobra del Estado en pos de la unidad del Estado es minora de sus competencias, menoscabo de la diferencia. Europa en pos de un sistema fiscal común, que ha de dar con la unidad política, con un marco confederal europeo como es Estados Unidos de Norteamérica, menos España.

En España las autonomías consagran el modelo británico: sí para lo que interesa, no para lo que no convenga.

Genial, repito, y vergonzoso. Por no llamar patético al hecho de que alguien afirme que enseñar el pasaporte de un Estado en una frontera cualquiera sea un menoscabo a mi irrefutable condición de canario, o a la condición de catalán, de vasco o de gallego de otros.