Apenas el jurado popular había declarado no culpable a Camps cuando en los editoriales se destilaba la perplejidad de quienes, en un esfuerzo por colaborar con la Justicia, ya lo habían condenado en los medios. Es lo malo que tiene ir por delante de los tiempos. Que llega luego el futuro y te deja con el culo al aire. Y, lo peor de lo peor, encima no lo hacen unos jueces conservadores, sino una representación del soberano poder del pueblo.
Para deglutir el voluminoso contratiempo, el gran colectivo de juzgadores amateurs -alentado por el aspecto de atildado meapilas del expresidente- echó mano de los mejores argumentos de la matemática. “Ha ganado por la mínima”, aseguraban algunos, aludiendo a que el jurado declaró no culpables a Camps y Costa por cinco votos contra cuatro. Y la sociología: jurados que decidieron ideológicamente. Pero los verdaderos arrecifes se encuentran al final de todas las elucubraciones donde encalla el navío de la razón contrariada. Camps es no culpable, lo que no quiere decir que sea inocente. Superpuesto sobre la decisión de la Justicia existe otro constructor creado por los verdaderos representantes de la opinión pública, que son los medios de comunicación. La realidad no se vertebra sobre la realidad legal, sino con la verdad, que es la representación que hacen de ella los mediadores entre las audiencias y la información.
Así, en las afiladas rocas del razonamiento mediático, Francisco Camps, más allá o más acá de que un jurado le considere inocente, es “realmente” culpable. Y lo es en virtud del “verdadero” juicio que los medios de opinión (antes de comunicación) representaron a lo largo de muchos meses, con un laborioso recorrido que incluía conversaciones claramente culposas -como la del “amiguito del alma”- y descripciones muy atinadas sobre la degradación moral de la cúpula de los conservadores valencianos. El último refugio, entonces, es la ética. La conducta de Camps no ha sido judicialmente castigada, pero es moralmente inaceptable. Sin embargo, como se trata de una apelación al orden espiritual, la sanción a este tipo delincuentes “éticos” solo puede venir de la conciencia del acusado o de la sociedad que se expresa en las urnas. La escatología y la justicia no son la misma cosa, como el culo y las témporas. Guardemos las antorchas. Y, por cierto, yo también creo que Camps -como otros muchos poderosos- aceptó regalos.
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