La última (columna) > Jorge Bethencourt

Un día en el circo > Jorge Bethencourt

Me levanto el Día de Canarias y me quito las legañas. Voy a comprar la prensa. Un rápido vistazo. Editorial por la independencia de España y la anexión a Marruecos. Uff. Las autoridades de El Hierro que hacen de antisistemas y boicotean un barco de Armas. ¡Uff! El Gobierno que sube los impuestos y amenaza a los empresarios si suben los precios. Más ufff. El presidente del Banco de España que se las pira antes de que el barco acabe de hundirse. Uff. Un dirigente de una caja que quiere cobrar 14 millones por despido. Uff, uff.

Los funcionarios autonómicos calientes como monos porque les bajan los sueldos, piensan manifestarse. Uff. El número de afiliados a la Seguridad Social (los paganinis de esta sinfónica) siguen bajando. Uff. Nuevas denuncias contra el presidente del Tribunal Supremo por gastarse el dinero público de forma irregular. Uff.

Cierro la prensa con la sensación de que el mundo se hunde un poco más que ayer pero menos que mañana. Me voy a casa de la vieja para almorzar. Cuando llego, mi madre está liada al teléfono hablando con una amiga. “Esto es un desastre. Una vergüenza”, dice. Pienso que también ha leído los periódicos. Pero no. Es que un tal Quico le ha hecho no sé qué a Sara Montiel. Y que un tal Pepe ha ganado el Gran Hermano. Y que le van a sacar trapos sucios del pasado a una pobre chica de Lanzarote llamada Noemí.

Salgo de casa de la vieja con la sensación de que vivo en otro planeta distinto. En el quiosco Numancia me encuentro con unos amigos sentados alrededor de unos cortaditos. Los saludo. Están discutiendo si con Pedro en la delantera España tiene más o menos oportunidades de ganar en la Eurocopa, si es mejor Soldado o el niño Torres. Y si el Tenerife va a lograr subir a segunda. Ahí los dejo, liados apasionadamente sobre las sutiles estrategias del 4-3-3 y las excelencias del tiqui taca.

Dicen que la prensa está en crisis. Y debe ser verdad. Porque en los periódicos se habla de un mundo que no interesa. La gente ha huido. Se ha refugiado en una ficción de personajes millonarios, guapos, perfectos, cuya fama se retroalimenta con un guión espeluznante de goles, escándalos, amores, cuernos, discusiones e insultos. El barco se hunde, pero la gente sigue bailando el pasodoble Islas Canarias al ritmo de una orquesta cabreada porque le bajan los sueldos, pero confiada en que tienen chalecos salvavidas. Ya no hay pan y circo. Sólo circo.

Twitter@JLBethencourt