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Pedro Manuel Francisco > Luis Ortega

Hace cuarenta y dos años, y algunos meses, un paisano joven, pleno de fe y entusiasmo y con apenas un año de experiencia sacerdotal, asumió el honor y el reto de administrar la iglesia más querida de su isla y, en circunstancias difíciles, consumar la aportación que cada siglo había hecho al entrañable lugar, desde los albores de la conquista, Pedro Manuel fue la primera persona que se atrevió a publicar algo mío en un periódico mural del viejo Instituto, y años más tarde, alumno yo de periodismo y reportero a tiempo parcial en La Tarde, pude corresponderle con una entrevista -tres páginas completas, es decir: tres sábanas- cuando aún no se había generalizado el formato tabloide -donde hizo una relación de sueños-. Y permitan el eufemismo poético, porque de lo que hablamos fue de su programa de actuación, con prioridades y realizaciones a más largo plazo, para el Real Santuario de Nuestra Señora de Las Nieves. Hoy recorro física y mentalmente el espacio salvado y magnificado y me detengo, inevitablemente en cada gestión, me solazo en cada logro y, contra los fieles que practican la falsa modestia -un pecado como otro cualquiera, agravado por el envoltorio- entiendo y defiendo que este cura, hasta ahora de un solo templo, vio como nadie que había sido destinado a un centro religioso que, en la doctrina y por encima de ella, unía e integraba a todas las gentes de su isla. Falta espacio en esta esquina para enumerar cuanto efectuó -con el apoyo y ayuda de personas generosas que creyeron en su proyecto- y cuánto dejó proyectado para cuando las circunstancias lo permitieran. Pero, por exigencias espaciales, digamos que consolidó, desde los cimientos, un templo que amenazaba ruina; construyó el Camarín de la Virgen (que hasta entonces había tenido para esos fines el ático de unos servicios); convirtió unas lonjas lóbregas en espacio museístico; amplió las dependencias y multiplicó el ajuar del templo; logró la desviación del tráfico mediante la variante de un túnel y, en la vertiente pastoral, creó dos parroquias -también de estirpe mariana, Candelaria y El Pino- en los barrios de Mirca y Velhoco. En esta columna hay un solo nombre propio -Pedro Manuel Francisco de las Casas- que, próximamente, abandonará Las Nieves, donde ha dejado su talento y donde, por siempre, quedará su impronta. El amigo será tema para más días, lo mismo que su sucesor,un palmero, devoto ferviente de la Virgen y comprometido hasta el tuétano con los problemas más graves y dolorosos de la sociedad contemporánea.