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Otros axiomas> Por Juan Carlos Acosta

Cada día me convenzo más de que existe una paradoja cardinal que aleja a las distintas civilizaciones. Desengañémonos. Norte, sur, este y oeste no son simples puntos móviles de un eje de abscisas y ordenadas imaginario que secciona el planeta que habitamos, sino también la encrucijada de la que emergieron las comunidades que han ido quedando erguidas después de los miles de años de trasiego por esta superficie esférica que se mueve como un gran potaje en una hormigonera, animada por la centrifugación. Sé que es demasiado churrigueresca esta entradilla que me he inventado para terminar hablando de África, que es lo que me propongo, eso sí, en las pocas líneas de texto que me quedan por delante. Pues bien, creo que cuanto más avanzamos más retrocedemos en la ilusión de hallar el sentido del sincronismo de los extremos, lo que nos lleva a sobrellevarlo con una especie de tensa calma entre los paradigmas de un Norte recluido por los crudos inviernos en un bricolage cerebral y pragmático que desembocó finalmente en la industrialización, la alegría de vivir y el disfrute de todas las naturalezas del sur debido a la benignidad de los climas tropicales, el Oriente de donde vinieron las esencias, las sedas, las artesanías y las manualidades, y el Poniente que lo consumió todo. No obstante, y como quiera que me imagino el respingo de quien está frente a estas desmadejadas diatribas, supongo que, como en el poema en prosa de Allan Poe Eureka, concebido para expresar la génesis del Universo simplemente a través de toda la belleza imaginable y la intuición de aquel genio literario, debajo de todos los razonamientos económicos y de mercados habidos y por haber, que nos tragamos todos los días a modo de longanizas indigestas, debe subyacer por algún rincón una razón última que justifique la inmanencia de los ciclos que se diluyen entre sí y que condenan los esfuerzos a imponderables magmáticos, como unas enormes tripas, bajo nuestros pies. Y por eso tenemos siempre en un cromo al negrito pobre, al asiático paciente, al nórdico cartesiano y al occidental voraz, cada uno en su sitio y formando parte de ese axioma que nos enfrenta a una senda interminable de cunetas fangosas o a un vodevil de feria; es decir, a Jesucristo, Mahoma, Buda o Wall Street, en un tiovivo eterno desde donde surgen alternativamente rostros con sotanas, chilabas, túnicas o corbatas, de tal manera que parece que todo ha ocurrido ya en un déjà vu bucólico e intranscendente… Vaya, se me acabó el espacio. Lo de África lo dejamos entonces para una próxima cita del Gobierno, que, por cierto, o no sabe o no contesta.