La risa rescata el estado de ánimo sin contrapartidas. Escasos rasgos de la personalidad son tan productivos como el sentido del humor. Es uno de los pilares del bienestar personal, junto al amor y la sensualidad.
La capacidad de reír constituye una indeleble seña de identidad, además de un mecanismo de estabilidad que corrige el déficit de sensibilidad.
Una carcajada combate el abatimiento y, si no es burlona, comunica empatía. Pero no vale con reírse exclusivamente de lo ajeno. Debes ejercer la autocrítica si no quieres que te atropelle la soberbia.
Por el camino de la bondad se llega a la felicidad, que es una manifestación de la alegría compartida. Un café amargo -no excesivamente- deja en los iniciados un regusto muy agradable, a diferencia del efecto que transmite un gesto avinagrado. El ostentoso desprecio del aprecio es un defecto que tienta a la risa, porque la estrategia de la indiferencia representa una manera divertida de llamar la atención. Escenas así abundan en las comedias románticas, de las que soy un asiduo espectador y un consumado actor. Me encantan las exageraciones deliberadas, para qué negarlo. A mayor distanciamiento premeditado, más cercanía afectiva. El orden de los factores externos no altera el interés.
Sé que la risa es una fe de vida. Por ello, celebro la aceptación de las entrevistas de El guiño. Disfruto enormemente con estas conversaciones tan gratificantes para mí, tanto en mi condición de periodista como de ser humano. Y eso que, al editarlas para su publicación, se escapan muchos detalles de los entresijos.
Me hace ilusión trasladar la fórmula a la televisión. Precisamente, la editorial Aguilar y Canal Plus me han invitado a una grabación del disparatado programa Ilustres ignorantes. No he podido asistir. Ya veremos.