Conjeturas > Juan Manuel Bethencourt

Sufrimiento en ración doble > Juan Manuel Bethencourt

Nadie puede sorprenderse por el hecho de que el Fondo Monetario Internacional apunte ahora previsiones escalofriantes para la economía española en el inmediato futuro. Después de todo, el prestigio de la institución como fabricante de malas noticias va mucho más allá de sus logros recientes como garante de la estabilidad macroeconómica, cuestión en la que su trabajo puede definirse como todo un fracaso. Lo que ocurre es que antes se aplicaba la receta estándar a los países del Tercer Mundo (desregulación financiera a ultranza, subidas de impuestos, flexibilidad laboral, Estado social mínimo o lo siguiente), mientras que ahora ha llegado el turno de las naciones desarrolladas, cuestión que nos produce un alarido de santa e hipócrita indignación. Al mismo tiempo, tiene toda la razón el ministro Luis de Guindos al responder, una vez conocido el último documento del FMI, que son circunstancias de carácter mundial las responsables de este oscuro vaticinio.

Es cierto, la Gran Recesión es un fenómeno de alcance planetario, el abrazo mortal entre el estallido de la bomba financiera (cebada generosamente por los mismos gestores del presente) y la crisis de demanda producto de una estrategia salvaje de recortes indiscriminados. Porque, como ocurre siempre, el desplome de la capacidad de compra provoca de inmediato una situación de sobreoferta de la que tampoco pueden salvarse los presuntuosos del superávit, por mucha moralina que anden regalando por aquí y por allá, en las reuniones del Eurogrupo o en los salones blindados de Atenas.

En este punto es preciso recordar que el Gobierno de España es cómplice de una línea de pensamiento económico que, aplicada a la realidad doliente del ciudadano, no funciona en la vida doméstica y tampoco lo hace en el ámbito de los grandes números. España es hoy la última oportunidad para los paladines de la austeridad expansiva (que luego es recesiva), un Estado grande de la Unión Europea al que tomar como cobaya tras la decepción irlandesa, el fracaso portugués y la tragedia griega. De Guindos tendría algunas otras cosas que decir, además de pronunciar obviedades como si nada de lo que está pasando fuera con él, con el Gobierno del que forma parte; un Gobierno que, por ceguera o debilidad, seguro que por ausencia total de sentido de Estado, sigue empeñado en asumir que la reacción lógica ante el empeoramiento del enfermo es doblar la dosis de la misma perversa medicina. Más dolor para finalmente no obtener ningún resultado.