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Gilberto Valdés: autenticidad y cubanía – Por Othoniel Rodríguez

   

Gilberto Valdés (Matanzas, 1905-Nueva York, 1971) ha pasado a la historia de la música cubana como el compositor que incorporó los coros y los genuinos instrumentos africanos (los tambores batá), en su forma más pura, a las orquestas sinfónicas. Y toda su obra fue inspirada en el folclore de raíz africana, donde pudo encontrar el máximo de posibilidades que le ofreció esta música ancestral. Aunque entre varios de sus colegas hubo diversidad de criterio sobre su preparación musical y algún menosprecio a la calidad de su obra autoral, su hoja de servicio refleja una vasta producción de obras musicales y el exitoso quehacer artístico como director de orquesta dentro y fuera de la isla de Cuba. Sus detractores aseguraban que era un músico totalmente autodidacta, pero en su Matanzas natal comenzó sus primeros estudios de música. Luego se confirmó que en la década del 20 del pasado siglo realizó estudios con el músico español Pedro Sanjuán, quien residió en la Isla durante varios años. Más tarde recibió clases en Estados Unidos con David Zaperton y Bert Schefter.

Muy joven aún, Valdés comenzó a trabajar en orquestas para el baile y de la radio. Pocos después surgieron sus primeras composiciones y sus trabajos de instrumentación. Su querida Matanzas le proporcionó el ambiente y el gusto por la atmósfera rítmica que producía la percusión africana. Y es entonces cuando comienza una original línea de trabajo, con la que logra resultados muy satisfactorios como compositor y director de conjuntos sinfónicos. Entre 1932 y 1937, Gilberto Valdés escribió páginas que pertenecen por derecho propio a la antología de la música cubana, por su gran originalidad y belleza rítmicas. En Rita Montaner encontró la intérprete ideal para su música. Por su magnífica voz, carisma personal y su gran sentido para la interpretación logró creaciones de altísimo vuelo artístico, como en la canción de cuna Ogguere, el Pregón Ecó y las obras Bembé, Tambó y la dificilísima Sangre africana, que requiere de dos octavas de tesitura, algo muy difícil para una cantante.

De paso por La Habana, el africanista francés André de Maison acudió a uno de los conciertos auspiciados por el Instituto Hispano Cubano de Cultura, que dirigía Fernando Ortiz, conjuntamente con el departamento de Turismo de la ciudad, y expresó este elocuente comentario: “Sin haber visitado el África, Gilberto Valdés ha logrado conmoverme con la música más pura y hondamente negra que nunca he escuchado, porque de su alma y de su mente artística se desborda el genio”.

En la década de los 40 Valdés viajó a Estados Unidos y allí fundó la primera charanga que se escuchó en Nueva York. Entre 1946 y 1953 fue director musical del Ballet Catherine Durham. De 1954 a 1959 dirigió conciertos en el Carnegie Hall, con artistas cubanos como invitados especiales. Y en ese mismo escenario dirigió a la Orquesta Filamónica de Nueva York. En 1959 retornó a Cuba. Trabajó a tiempo completo organizando festivales de música cubana y conciertos de música afrocubana con estreno y reposiciones de sus composiciones. Participó además como director musical en el reestreno de La isla de la cotorras, clásico del teatro vernáculo cubano que hizo época en El Alhambra, y creó la música para la puesta en escena de El solar, con coreografía de Alberto Alonso.

Nuevas polémicas con sus detractores hicieron que en 1965 decidiera radicarse definitivamente en los Estados Unidos. Pero su exitosa música ha sido interpretada en escenarios nacionales e internacionales en las voces de grandes estrellas, como Bola de Nieve, Celia Cruz, Miguelito Valdés, Paulina Álvarez, Merceditas Valdés, Elena Burke, el Cuarteto Aida, Alina Sánchez, Marta Gutiérrez y las nuevas generaciones de cantantes. De esta forma, Gilberto Valdés se convirtió en el gran divulgador de la música cubana y afrocubana a nivel internacional.