La medida de lo chungo que están las cosas en este paÃs es que se empiecen a desempolvar los jarrones de la abuela. Es cierto que la moda es cÃclica. De vez en cuando uno se asombra al ver cómo vuelven los pantalones de pitillo, los cuellos largos, las chaquetas con tres botones o la posibilidad de que una mitad del paÃs acabe matándose con la otra media parte, es decir; cosas que ya se vivieron y que parecÃan olvidadas para siempre, pero repentinamente vuelven con una nueva pujanza inesperada.
Lo peor de escuchar a Aznar hablando sobre España y admitiendo, con una sonrisa subyacente por debajo de unos morritos que dan escalofrÃos, la posibilidad de volver a la polÃtica activa, no es el hecho de que pueda volver, sino que el jodido tiene razón en lo que dice. La misma razón, desde otra perspectiva, que tiene Felipe González cuando opina de los males de su partido y de los problemas del paÃs.
La nostalgia es lo que tiene. Uno siempre recuerda las cosas buenas y tiende a olvidar las malas. Es la misma memoria selectiva que opera cuando los viejos cuentan sus batallitas de la mili y uno se imagina que aquella experiencia fue como un alegre campamento de verano (cuando la casposa realidad es que para casi todo el mundo fue una tortura china). Cuando uno busca en el pasado lo que no encuentra en el presente ni espera ver en el futuro inmediato, es que las cosas se han puesto más negras que las axilas de un grillo.
Los últimos datos de la CEOE prevén para Canarias una caÃda de un punto en el producto interior bruto de este año y unos 400.000 parados. Con este tipo de expectativas, lo normal es que nos entre un arrebato de melancolÃa de un pasado donde todo fue mejor. Pero es mentira. Las escaleras no empiezan en el segundo rellano y en defensa de los pobres incompetentes que hoy se ahogan en esta tormenta perfecta hay que señalar que estos lodos de hoy se han formado por las lluvias de ayer. Que los que hoy opinan con verdades evidentes (que son fáciles de compartir) sobre los males de este paÃs, sembraron las semillas de nuestras desdichas, de una u otra manera, en los tiempos en que el Nilo bajaba crecido y fertilizaba las tierras de la prosperidad.
La decrepitud moral de este paÃs, nuestra postración anÃmica y el pesimismo crónico de la sociedad hacen fácil la llegada de supuestos mesÃas. Hay mercachifles, buhoneros, vendedores de milagrosos crecepelos y antiguos profetas que dicen tener la salvación de todos nuestros males. DeberÃamos saber a estas alturas que los milagros no existen. Y que los males que nos aquejan tienen que ver con nosotros mismos y nuestra capacidad para creernos los cuentos de la lechera.
