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Triste Primero de Mayo – Por Antonio Casado

   

No son buenos tiempos para celebrar el Día del Trabajo. Ahí quedan los consabidos actos sindicales de cada año y los vigentes testimonios del desaliento por las cifras de paro en nuestro país. Demoledoras. Casi un millón de parados más que cuando Rajoy llegó a La Moncloa. Exactamente, 929.100 más. Con una tasa del 27,16% ya estamos a la cabeza del desempleo en la UE. En esas cifras están las fuentes del malestar social. El Gobierno se empeña en hilvanar la parte más optimista de su relato sobre indicadores tan fríos como el déficit público, la prima de riesgo, la reestructuración bancaria o la balanza de pagos. Tal vez camuflar el hecho objetivo de que se está perdiendo la batalla contra el desempleo. Sin embargo, el trabajo es el único vínculo real entre la economía y las personas. Un ser humano pierde la autoestima si pierde el puesto de trabajo, pero siempre le dejará frío que la prima de riesgo suba o baje. Escuchado en la distancia, suena como una broma de mal gusto aquel “Cuando yo gobierne bajará el paro” de Rajoy. Se entiende la falta de una reacción oficial de altura cuando la semana pasada supimos que en España ya hay más de seis millones de parados. Ni el presidente, ni la vicepresidenta, ni ningún ministro salieron a dar la cara. El mal trago se le encomendó a la secretaria de Estado de Empleo, Engracia Hidalgo, que se limitó a calificar el dato de “dramático” y a anunciar que el Gobierno trabajará sin descanso para que España pueda volver a ser “un país de oportunidades para todos”. No es decir mucho. Por todo ello, no parece que este año haya muchas razones para celebrar el Primero de Mayo. Por eso y por otras cosas. Por ejemplo, que volvamos a las andadas en una parte del mundo cuando han transcurrido más de 120 años desde que la fecha se consolidó como el día de la dignidad de la clase trabajadora. Me refiero al derrumbamiento de un edificio ilegal en Bangladesh que ha causado la muerte a unos cuatrocientos trabajadores y trabajadoras. Estaban soportando unas condiciones laborales no muy diferentes a las motivaron las protestas sindicales y la sangrienta represión de 1886 en Estados Unidos (Haymarket, 4 de mayo).

Lejos queda el recuerdo de aquel histórico, de aquel movimiento social que luchó por los derechos de los trabajadores en EE.UU., mientras en España hacía lo propio aquel incipiente socialismo representado por Jaime Vera y Pablo Iglesias. Por un salario digno y una jornada de trabajo no superior a las ocho horas. Está claro que se ha roto la cadena de custodia de aquel espíritu reivindicativo. Lo hemos comprobado con los muertos en ese edificio de Bangladesh donde los trabajadores cobraban 38 dólares al mes produciendo ropa para las grandes marcas internacionales que consumimos en esta parte del mundo.