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En la sobremesa – Por Román Delgado

   

Me hallaba ante un plato de potaje, que es el genérico más utilizado en mi barrio para referirse a plato de comida, cuando la tele, como ya siempre es dictadura en la sobremesa, no dejaba de lanzar barrabasadas, tonterías, amarguras y bastadas de las más gordas a las más anchas, de todos los colores y pelajes, aburridas y horripilantes todas ellas, pero sin opción alguna de mirar a otro lado. Ya saben que hoy las teles son enormes y de plasma, que es como decir que no existe derecho a quejarse. Donde me sirvieron el plato de comida había mucha gente, muchísima gente, y a nadie, ni a uno, que los miré a todos fijamente y largos segundos, le interesaba lo que vomitaba ese maldito y enlutado aparato. Y además les aseguro que las imágenes que entonces colonizaban la superficie televisiva nada tenían que ver con políticos multiespecies: ni el presi Rajoy; ni la que habla al dictado del jefe mayor, Cospedal; ni el viejo Rubalcaba, el de toda la vida; ni Rosa Díez, ni nada de nada. Llegue a pensar, sin antes examinar todo lo que allí ocurría, que el desorden reinante, el caos antitelevisivo de salón, respondía a esas multipresencias, pero no fue así. Había un magacín enchufado que a nadie interesaba, huérfano pese a las lágrimas visibles, con brillo y color de calidad HD. Había lloros, pañuelos, griterío, insultos, emociones varias… Había toda esta porquería y nadie miraba, salvo uno: el que escribe y ahora realiza este amago de análisis sociológico. Los periódicos, muchos en esa casa de comidas, estaban alquilados, y los clientes que no acariciaban el papel prensa amaban la charla sosegada. Nadie miraba la tele, nadie, pero ella ahí seguía tan chula y cabrona, quizás conocedora de que el mando se había perdido, que, si no, yo mismo le hubiera cortado su arrogante mal rollo.

@gromandelgadog