Ha sido una decisión polÃtica. También deportiva. Pero esencialmente lleva una preponderante carga polÃtica, como todos los acuerdos destacados del Comité OlÃmpico Internacional (COI). A nadie deberÃa por tanto extrañar el varapalo de este organismo internacional. Por el peso especÃfico de España en el concierto internacional de naciones. Por la deficiente gestión de las autoridades, como ha quedado probado al eliminar al paÃs a las primeras de cambio.
Por la nula actuación de la diplomacia española, desprofesionalizada, previsible, sin mordiente ni dinamismo. Y, en fin, por la propia situación interna del paÃs, cargada de dificultades económicas, paro, recortes, dramas sociales y enfrentamientos polÃticos. Los dirigentes del COI han preferido la candidatura sólida, confiable y de garantizado respaldo financiero de Japón a la imaginativa y profesionalmente impecable de España, que ya habÃa sido considerada por todos, incluido el COI, como la mejor. Pero de poco sirven los halagos previos y los éxitos resonantes de los deportistas patrios si la práctica de nuestros dirigentes queda retratada de la peor manera posible por su escandalosa connivencia de años con algunas prácticas de dopaje de enorme gravedad; prácticas aún no esclarecidas judicialmente -o resueltas de mala manera, cerrando los ojos a la realidad- y que a última hora se trataron de tapar mediante una ley antidopaje que debió ser aprobada mucho tiempo antes.
A lo que resulta obligado sumar las carencias básicas de algunas prácticas deportivas por los recortes económicos, que han dejado a 25 de las 63 federaciones en quiebra técnica. Para remate final, se politizó en exceso la candidatura para los Juegos OlÃmpicos de 2020, se echaron las campañas al vuelo y, como bien afirma el presidente Rivero, se vendió la piel del oso antes de cazarlo. Más que convencer a los dirigentes del olimpismo mundial de las bondades de la propuesta española, las autoridades polÃticas y deportivas buscaron la autocomplacencia y el relumbrón, despreciando a la ligera los argumentos de Tokio y Estambul, dando por sentado que el COI sólo se guiarÃa por consideraciones deportivas, cuando desde hace decenios el espÃritu olÃmpico ha quedado vinculado al mundo de los intereses, los negocios y las influencias. De nada sirven los optimismos desmedidos, los apoyos populares, los buenos proyectos, las experiencias de profesionalidad si luego fallan los liderazgos, el poderÃo económico y la posibilidad de influir ante quienes tienen la capacidad de decidir sobre el mayor acontecimiento deportivo del planeta. Todo ello justifica el fracaso polÃtico y deportivo de la candidatura española.
