Nadie podrá saber si el cómico excesivo, incapaz en sus horas estelares de sostener en solitario una historia cinematográfica, fue -o lo es aún- el gran actor que siempre dijo ser o, como tantos profesionales de tantos oficios, se plegó a las exigencias de quienes pagaron sus trabajos, a la comodidad sin riesgo de títulos rentables y con un alter ego -Dean Martin- que contrapesaba sus excesos gestuales y patosidades. Con una filmografía amplia y, como advertimos, de circunstancias, en las últimas décadas estuvo recluido en un discreto círculo de amigos, en los recuerdos, más ácidos que dulces, de una época irremediablemente cancelada y en una compensación generosa, brindada por Daniel Noah, que le ofreció el papel central de Max Rose, filme en el que interpreta a un viejo pianista de jazz que, en una mutación memorable, evoca su idílico matrimonio de sesenta años -“lo mejor de su vida oscura”- como un diario suplicio encubierto para que “el tiempo pasará mejor, más deprisa y sin ruido”. Estrenada en Cannes, en la pasada primavera y con un discreto paso por las salas de exhibición y mayor éxito en la presentación en la que exhibió una sincera autocrítica, “nada norteamericana”, por cierto. Con los periodistas volvió a salir un asunto que, para muchos especialistas, era una leyenda urbana: la existencia de El día en que lloró un payaso, una producción del polaco Nathan Wachsberger, que le confió el papel central y la dirección de esta historia localizada en Auschwitz, donde un cómico de circo, obligado por sus carceleros guía a los niños prisioneros por el tenebroso campo de exterminio. No defendió con mucho ardor su incompleta tarea -un guión de Charles Denton y Joan O’Brien, con parecidos y coincidencias con La vida es bella, de Roberto Benigni -pero afirmó su compromiso con la libertad y el papel de denuncia que, “entre otros cometidos, le compete al arte”-. La ventana indiscreta de Internet difunde a través de YouTube varias secuencias de un filme que no entrará en los anaqueles gloriosos del séptimo arte y que se reduce a presentarnos a Lewis (nacido en el año 1927) con el maquillaje exagerado del clown que nunca aseguró el humor a los espectadores pero sí, en cambio, una amplia e indefinible tristeza.
