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El Papa se desnuda – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

Nada es lo mismo desde que Francisco concedió una larga e íntima entrevista a las publicaciones jesuitas, en la que se desnuda como nunca antes hizo un Pontífice. En realidad, es la primera entrevista real que concede un Papa, más allá de los apaños destinados a convertirse en libro y de aquellas otras conversaciones pactadas hasta la última coma. El Papa que vino “desde el fin del mundo” se ha convertido con sus respuestas en un soplo de aire fresco que ha reanimado a muchos que temían ser apartados por pensar lo que pensaban. Esos muchos sienten ahora que el Papa ha elegido la periferia de lo políticamente correcto y, más allá de anécdotas varias y de titulares interesados, ha marcado un rumbo a la Iglesia y la ha convocado a un examen de conciencia. A la Iglesia y a cada creyente. “No podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos”, dice el Papa. Obsesivos, desestructurados, impositores insistentes, es su diagnóstico para quienes practican esta perversión de la pastoral. ¡Cuánto tiempo hemos perdido en intentar construir la casa empezando por su tejado! Por desconfiar de la misericordia de Dios hemos corrido “el peligro de perder la frescura y el perfume del Evangelio”. Terrible.

En la misma línea, “veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla2, dice el Papa. En un hospital se acaricia, se acoge al que ha caído, se sostiene la fragilidad del que no tiene fuerzas para seguir el vuelo. Se abraza el dolor y se mira a los ojos del que busca ayuda, con la intención de dar más vida a sus días cuando no se puede ya dar más días a su vida. En un hospital rara vez se habla de muerte, porque lo que importa es la vida. ¿Nos importa sobre todo la vida? “Mi forma autoritaria y rápida de tomar decisiones me ha llevado a tener problemas serios”, dice el Papa. Cuando está en juego la vida misma, una orden, una instrucción torpe y poco meditada puede dar al traste con el proyecto de Dios sobre las personas y los temas. Un destino, una responsabilidad, un proyecto… es el lenguaje con el que Dios escribe la Historia. Cuando esa oportunidad de construir se convierte en castigo, en represalia o en descuidada inercia sufre Dios, sufre la Iglesia y sufre el ser humano objeto de tal desidia. “El que busca obstinadamente recuperar el pasado perdido, posee una visión estática e involucionista. Y así la fe se convierte en una ideología como tantas otras”, dice el Papa. La alerta es necesaria, porque pareciera a veces que más que testigos somos arqueólogos de la verdad, forenses de una religiosidad trasnochada y carente de hondura.

“Debemos caminar juntos”, “Sin gente no puedo vivir”, “En los lugares donde se toman las decisiones es necesario el genio femenino”… Francisco ha marcado un proyecto a la Iglesia. Vale la pena acercarse a él y leerlo en toda su amplitud. Nada es lo mismo desde que el Papa que se llama a sí mismo “pecador” concedió una entrevista el pasado jueves. Es cierto que siempre habrá quienes insistan en que nada nuevo ha dicho. Siempre habrá a quienes el temor a la verdad y a los cambios que Dios promueve en la Historia les paralicen hasta el punto de negar lo evidente. Siempre ha habido entre nosotros quienes sirven a otros dioses.