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Censuras – Por José David Santos

   

A vueltas con la política canaria, el revuelo de la moción de censura en el Cabildo de La Palma nos vuelve a demostrar que la ciudadanía y la clase dirigente, o que aspira a ello, están separadas no por un velo, sino un auténtico muro. Sobre la idoneidad o no del nuevo acuerdo de gobierno en tierras palmeras no voy a entrar, pero sí en algunos de los argumentos manidos por los entrantes y los salientes con mando en plaza. El más chusco es ese de que unos y otros actúan por el bien de los electores -sean o no simpatizantes del correspondiente partido- y que, ahora, todo va a ir sobre ruedas en la mejora de la calidad de vida de los palmeros, explican los censurantes, o que, ahora, sin ellos, todo va a ir mucho peor, argumentan los censurados. En el fondo, ambos exhiben su dialéctica en la asunción de que los ciudadanos creen en los actos de fe. Y ya no. Los políticos siguen dando por supuesto que su palabra, sus promesas, sus ideas, su optimismo, incluso, es compartido. Y ya no. El descrédito es tan grande, las reiteradas traiciones son tan abundantes que la ideología no está ya ni en el fondo de la confianza y, mucho menos, la supuesta honestidad de quienes se dedican a la cosa pública. No; este pacto, o el que venga, entre fuerzas políticas no está apoyado en la idea del bien común, sino en otro tipo de excusas, a ojos de la opinión pública, como es el caso, el cobro de afrentas por otras mociones de censura, el enfrentamiento personal entre dirigentes, la necesidad de equilibrar el clientelismo, los cálculos electorales de cara a 2015, la llana venganza, la necesidad de justificarse ante los suyos, la -legítima- ambición, etcétera. Y cojan todas estas motivaciones y trasládenlas a la parte afrentada tras el registro de la moción de censura y aplíquenselas por igual. Y es que, aunque existieran restos de sinceras ganas por ofrecer a los ciudadanos una vida mejor, lo cierto es que la sociedad no es que no se lo crea, sino que, lo que es aún peor, le da exactamente igual lo que hagan los políticos. El “todos son iguales” está grabado a fuego en el imaginario común.

@DavidSantos74