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La teoría de las variables – Por Luis Aguilera

   

La compañera del ingeniero dejó en suspenso el viaje del tenedor con el que había trinchado el bocado y con la solemnidad que tienen las conversaciones de mantel y mesa, dijo como si lo hubiera pensando por primera vez: “Mi primer matrimonio fue un error”. Y como si esa declaración fuera un descargo, volvió a su plato.

Fue entonces que se me ocurrió la Teoría de las Variables. Como la tengo tan fresca, su enunciado es tan provisorio que, con el tiempo, seguramente sea un error. Yo sigo a los analfabetos puros y a los sabios puros que jamás se atreven a dar por cierto un pensamiento. Volviendo a lo que traigo para echar en roto, mi teoría viene a decir que todo proceso, cualquiera sea su naturaleza, está sujeto a las variables imponderables que le va creando su propio tránsito por lo que, con el tiempo, nada es igual a su comienzo. (¿Me están acompañando en el esfuerzo?). Aplicada a lo que dijo la mujer, viene a significar que, en nuestras decisiones de vida, no existe el error y, en consecuencia, tampoco debería existir la culpa.

En efecto, salvo estupidez supina, las decisiones que tomamos son las que consideramos como las mejores, aun aquellas que nos obligan a elegir un “mal menor”. El caso del matrimonio es aleccionador. Todos hemos oído la frase antes citada o la sucedánea, “me casé con la persona equivocada” ¡Mecachis! No es verdad. En su momento pensamos justo lo contrario: esa persona era la única en el universo mundo con quien íbamos a ser felices. En tal circunstancia, el error hubiera sido negarse a ser feliz. Y es aquí donde aparecen las famosas variables.

Qué carga más pesada traen los hijos, ay y tener que aguantar su genio del demonio y ¡toma a ver si dejas de roncar! y qué plomo de suegro me ha tocado y la vecina sí que está buenísima y ¿otra vez fútbol? o a mí ya no me excita jugar con un par de siliconas. Nada de eso estaba en el principio, no hubo error. En el caso del matrimonio, mi teoría lleva a una conclusión que pincha en hueso: el único gran amor es el imposible. Para todo lo demás sírvanse anotar este apotegma: para asegurarnos, fehacientemente, de que cualquier empresa va a tener un final feliz lo mejor es no comenzarla.